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ficha

(Salamanca, 1967)
En 1994, Félix Curto registra fotográficamente el trote de un potrillo. El proceso de exposición hace que la imagen
del animal aparezca desdoblada, ofreciendo simultáneamente dos momentos de su actividad, uno de ellos corpóreo;
el otro, desvaído, en trance de disolución, reflejo de una sucesión temporal de acontecimientos que deja constancia
de un momento pasado. Abel H. Pozuelo ha destacado la significación de esta fotografía en la trayectoria de Curto,
que podría relacionarse con otra realizada en 2005 en la Patagonia: Huellas y frenazo.
Ésta, un paisaje desierto de remoto horizonte, recoge la profunda fuga de una pista para vehículos de la que sale una nueva senda hacia la izquierda, mucho menos remarcada. El desdoblamiento de la ruta no responde aquí a una cuestión técnica, sino a la captura de un episodio concreto advertido en el territorio durante su travesía. Más que su significación en términos formales, ambas fotografías vendrían a expresar de modo diferente la significación del crossroad, el cruce de caminos, la encrucijada que exige de una decisión por la que se escoge una alternativa y se desecha otra. Pero ¿qué ocurriría si escogemos transitar simultáneamente por las dos vías que nos muestra la encrucijada? Esta decisión dirige las diferentes tentativas y propuestas que ha emprendido Curto a lo largo de su carrera.
Las pinturas que centran sus primeros trabajos se despliegan simultáneamente en dos direcciones diferentes pero no necesariamente contrarias: de un lado, los pigmentos se yuxtapondrían desde el interior mediante capas hasta alcanzar una superficie que se muestra al espectador en primer plano. En este sentido, la solidez de la pintura quedaría remitida al fondo, ordenándose como una construcción en la que los diferentes planos aportan grados de consistencia que coadyuvan en la construcción de la totalidad del cuadro. Pero, a la vez, la presencia de signos, palabras y grafías permitirían una lectura opuesta. La legibilidad de los textos del primer plano podría bastar para aportar a este una consistencia que no requeriría de búsqueda más allá de la superficie inmediata, autosuficiente para relacionarse con la exterioridad que habita el espectador. Pero la delicadeza con que maneja el pigmento le permite crear veladuras con las que somete a aquel primer plano a un proceso de disolución que hace patente su fragilidad y su contingencia, que pone de manifiesto su condición de punto de partida, de encrucijada que conduce a otros signos y otros textos que remiten a otros instantes del cuadro. La obra inicial de Curto se manifiesta primaria en la sutileza de sus valores abstractos, pero también en su aferrarse a una experiencia personal cargada de evocaciones y expectativas, que queda significada en la potencia de las inscripciones que conectan los diferentes niveles en que se ordena su pintura. El chico de la moto, Kerouac’s last dream, Beatriz, Sometimes I feel I went to heaven, El hogar de los sueños rotos son algunos de los títulos de las pinturas que, tras su licenciatura en Bellas Artes en Salamanca, desarrolla durante la primera mitad de la década de 1990 en el seno del Colectivo Subterráneo, del que forman parte Juan Miguel García Corchado y Alfredo Omaña.
Una primera estancia en Alemania a lo largo de 1995 y, sobre todo, su posterior traslado a México en 1996 para continuar estudios de posgrado introducirán sustanciales cambios en su trayectoria, si bien nuevos medios –fotografía y objeto modificado- y una aparente ampliación de temas y ámbitos de interés no mermarán, en lo sustancial, algunos de los aspectos de fondo vistos en su pintura. La carretera y el viaje aparecen como forma de adentrarse en la frontera, que Curto documenta e indexa mediante una profusa acumulación metonímica de imágenes fotográficas, fragmentos y objetos. A partir del tropo del viaje interior, y mediante una personal aproximación casi arqueológica al paisaje y las formas que lo habitan, va urdiendo una suerte de territorio emocional resultado de un intenso rastreo de huellas, indicios y vestigios de un tiempo presidido por una serie de valores de autenticidad y honestidad vitales, que identifica fundamentalmente con los que animaron a la generación beat y a la música popular más genuinamente norteamericana (rock, blues, folk, country).
Títulos de libros y canciones, nombres de lugares, cantantes, grupos y escritores enlazan memoria y viaje, territorio y utopía reflejados en una visión fragmentaria de paisajes fotografiados en muchas ocasiones desde la urgencia y el azar del parabrisas del coche. Bajo estas premisas, Curto pareciera embarcado en un viaje continuo que hiciera de ese permanente desplazamiento el elemento central de su trabajo. Pero, al igual que en su pintura, la obra iniciada en México trabaja como una carretera de dos direcciones. Carros, serie iniciada en 1996, y algunos de sus objetos intervenidos, también desde sus primeros años en tierras mejicanas, muestran esta duplicidad de intereses. En la primera, fotografía y después agrupa según diversos criterios viejos vehículos norteamericanos ahora radicados en México. Detenidos ante la casa de sus actuales propietarios, expresa, en primera instancia el modo en que un objeto es dotado de nueva vida una vez ha sido amortizado. En este caso, con el añadido de que ese proceso ha tenido lugar tras su tránsito de un lado a otro de la frontera. Las huellas del paso del tiempo en las carrocerías quedan identificadas con las del propietario, integrando en un único objeto significante un transitar compartido por el tiempo y el espacio. Esta lectura, junto con aquella condición detenida del vehículo, será la que otorgue al objeto fotografiado categoría de monumento, homenaje a toda una peripecia vital de una época.
Ese mismo destino puede dársele a su trabajo con diferentes objetos encontrados y acogidos en sus viajes: neveras, tostadoras, bidones, aparatos de refrigeración, fragmentos constructivos. Todos son desechos, pertenecientes a una misma época, que remiten a la escenificación de la vida doméstica en un momento dado –un tema que centrará algunas de sus primeras series mejicanas-, carácter que el tiempo no ha logrado sustraerles. Curto los resignifica interviniéndolos, siguiendo un proceso de base analógica derivado de los modos en los que el tiempo ha ejercido su influencia o ha dejado su huella en la superficie de los objetos. Los títulos –generalmente prestados de míticas canciones de rock- conectan con el campo emocional del artista, activando un desplazamiento que otorga al objeto nueva vida, y cuya profundidad reside en la ambigua participación de lo melancólico y de lo nostálgico.
En todo este proceso, Curto no deja de tratar a los objetos de modo parecido a sus pinturas. El tiempo se manifiesta en las capas que han modelado la superficie del objeto, superficie que Curto (re)fuerza como espacio de inscripción, como lugar para la escritura, unas veces directa, como en sus cuadros de los años noventa, otras mediante el uso de textos construidos mediante neones –tan asociados a la imagen urbana y comercial de los años cincuenta y sesenta-, referidos comúnmente a personajes y lugares que remiten de nuevo a una memoria emocional. De este modo, lo que pudiera tomarse como simples fetiches de un tiempo adquieren, mediante este giro, nueva condición de monumento de ese mismo contexto del que provienen. I’m the cosmos (2001-2008)aparecería como el punto de cruce de ambas series: un destartalado y viejo Chevrolet rescatado del desguace le sirve como soporte para la construcción mediante pequeños objetos cromados de toda una nueva y rutilante cosmogonía que enlaza territorio, paisaje, viaje, tiempo y memoria.
La carretera, ya se ha dicho, es lugar común en la obra de Curto. Más como herramienta que como fetiche, por ella discurre su pesquisa, una mirada melancólica que recoge un paisaje cuyo sentido último no estaría en la profundidad o la belleza de sus panorámicas –su valor emocional incluso- sino en la permanente persistencia de sus límites: cordilleras que clausuran el horizonte, balizas que marcan el sentido y la dirección del camino. On the road, Desert recordings o Back on the road again agrupan diversas series de paisajes clausurados, fotografiados entre 2000 y 2008, de límites precisos y marcados, en los que termina prevaleciendo la idea de confín. De nuevo una mirada móvil que persigue una forma de detener lo percibido. La presencia de los márgenes bloquea cualquier necesidad de buscar más allá del territorio balizado: todo lo que se desea está dentro de aquellos. La carretera como el surco de un disco por el que discurre una aguja que extrae sonidos; el paisaje como ese disco, vasto, liso, opaco, cerrado, limitado, cuya superficie aúna paso del tiempo y un relato estático que sólo se activa mediante el tránsito dinámico de la aguja por los surcos.
Hasta 2007, la figura humana prácticamente no aparece en los trabajos de Curto. Su presencia viene dada por el uso que se hace de los objetos, por las huellas y rastros dejados que indican su paso. A partir de aquella fecha inicia un trabajo en torno a los menonitas –Hearts of Gods-. Una de las fotografías de la serie –Mr. Soul- obtendría en ese mismo 2007 el primer premio del Certamen Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler. Curto desarrolla en ella un trabajo sobrio y sincero, en el que también resuenan referencias emocionalmente autobiográficas, limpio y muy depurado, centrado en estas comunidades que, distanciadas del presente y del progreso, encarnarían, a ojos del fotógrafo, un ejemplo vivo del compromiso con la autenticidad y la honestidad como absolutos valores vitales, una fórmula real en la que el ser humano aparece como inscripción detenida, como monumento colectivo que en su desdoblamiento entre pasado y presente señalaría un nuevo cruce de caminos.
Por Ángel Gutiérrez Valero
Marzo de 2011.