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textos

Viaje de invierno / Winterreise
Julián Valle
Del 30 de enero al 17 de mayo de 2009
Piel del tiempo, documentación sentimental
Alicia Murría
Una habitación en penumbra que funciona como lugar acotado y al margen
de la amplia sala; cubo en cuyo interior se ha buscado deliberadamente
la calidez, un aire denso e irreal al que en un primer momento cuesta
acostumbrase porque nos coge desprevenidos. Pequeño habitáculo cuya
puesta en escena tiene algo de capilla, de invitación a la intimidad o al
recogimiento.
Julián Valle ha construido un espacio singular, casi extraño, tanto respecto a su forma habitual de trabajar como a la relación que establece ahora con el espectador.
Hablamos de un artista que podría calificarse de atípico, cuyo trabajo a lo largo de toda su trayectoria, alrededor de veinticinco años, ha estado situada fuera de las corrientes imperantes en cada momento, una incontaminación que sin embar­go no ha supuesto marginalidad ni exclusión del escenario artístico y sus debates como revela, por ejemplo, su pertenencia a lo largo de una década al activo grupo AUA CRAG. No estamos pues ante la obra de un outsider aunque sí de alguien que opta por vivir y trabajar en un cierto retiro, podría decirse que prefiere establecer distancias, tanto físicas como psíquicas, con el mundanal ruido.
Viaje de invierno, como su autor ha titulado esta obra, marca una inflexión pero más en la forma de proceder que en su temática y objetivos. Valle continúa uti­lizando el paisaje como marco de sus reflexiones. Ahora ha trabajado con el es­pacio para construir ese lugar que nos permite otra mirada sobre su pintura; es cierto que no ha variado la presencia, la técnica (continúa utilizando el óleo so­bre superficies rígidas) o la escala de sus piezas; esos mínimos dibujos contienen fragmentos de una naturaleza solitaria donde lo humano se adivina, de tanto en tanto, a través de una arquitectura que se recorta a lo lejos o de algún resto donde el tiempo a hecho mella. Si hablamos de ruinas y vestigios, de unas imágenes que reflejan la meticulosa observación del paisaje deshabitado, de montañas o llanu­ras, de árboles o de pequeñas briznas de hierba de apariencia incontaminada, será difícil no encontrar aquí el eco de la tradición romántica. También el título apunta en esa dirección pues procede de una serie de canciones compuestas en 1827 por Schubert, sobre textos de intenso lirismo escritos por Willheim Müller, y que para el pintor contienen profundas sugerencias; quizá, de algún modo, también estos paisajes que se encadenan salpicando el espacio acotado, como las palabras en su exterior, funcionan en la imaginación como los melancólicos lieders del alemán.
Los fragmentos de naturaleza que Valle pinta contienen una extraña fragilidad, parecen aludir al paso del tiempo y a la precariedad; su dibujo es preciso y a la vez leve como para expresar la contingencia de aquello que nos constituye, y de lo que, finalmente, habla. Huye de la retórica para detener la mirada en lugares que parecen desprovistos de significación, de interés, carentes de elocuencia; lugares sin ningún atractivo especial y, como él mismo señala: “quizá sea esa la razón por la que me atraen.” Sin embargo no traslada fielmente motivos reales, sus imágenes pertenecen, desde luego a una geografía que es la suya, a la que pertenece y donde ha decidido permanecer, el paisaje de Castilla y León, la Ribera del Duero, pero proceden de bocetos, anotaciones reelaboradas en el taller, el lugar se constituye en mera referencia, en excusa que aparece rubricada por la insistente irrealidad del color que utiliza. También los nombres que aparecen escritos en las paredes exteriores de esta especie de casa funcionan como evocación, no se corresponden con las imágenes, simplemente esos topónimos aluden a todo aquello que es parte sustancial de su biografía.
Ese anclaje en una concreta geografía que, de forma íntima, constituye su expe­riencia vital desde la infancia ha construido un singular tipo de mirada, de relación con el entorno. Aunque estas líneas se centran en su pintura, expandida ahora y en diálogo con el espacio, Valle ha abarcado en otros momentos la escultura a través de los más diversos formatos y materiales. Ha utilizado el barro o los excremen­tos de animales, la cerámica o los restos encontrados para configurar un universo íntimo y sentimental desde la tierra, desde la experiencia del caminante que se pierde y se reencuentra a sí mismo en los pequeños accidentes, en las formas de los árboles, en los restos de una vieja edificación, en los huesos de un animal muer­to o en la música de las ramas movidas por el viento; como si sobre cada elemento proyectase una especie de percepción dilatada que busca lo efímero, lo condena­do a desparecer y, a la vez, sus rasgos intemporales, como si le asaltase la nostalgia del pasado, de lo no vivido.
Sus cuadernos son la quintaesencia de ese mirar en torno, pensándose como algo inseparable de esa naturaleza ya tan ajena para la mayoría de nosotros. Abigarra­das anotaciones escritas a tinta en minúscula letra interrumpidas con esquemas de piezas que en algunos casos verán la luz y en otros no pasarán de ser pensa­mientos sobre formas imposibles, papeles pegados con imágenes de vegetación, dibujos esquemáticos o vistas de las montañas cercanas, y también fragmentos de poemas, notas rápidas que guardan los diferentes momentos de un viaje presu­miblemente solitario, ensimismado. En alguna ocasión el artista ha dado a la luz una producción literaria que habla de la existencia, de la fugacidad, de la muerte y en la que traslada una especie de desgarro interno con el que sin embargo parece convivir de forma serena. “Puede que ese sentimiento de paz que nos sobrecoge en algunas ocasiones, mezcla de horrible vacío y serena belleza, sea debido a esa parte del espíritu del hombre –rastro de su paso y agonía– que queda como piel intangible sobre los lugares y las cosas.”
Al comienzo de estas líneas me refería a una inflexión en la trayectoria de Julián Valle que, sobre todo, tiene que ver con el diálogo que ahora establece con quien se acerca a su obra. Si, en ocasiones, sus esculturas se habían desplegado en el espacio con una idea de instalación es ahora cuando por vez primera sus pinturas comparten esa intención. Ahora no nos situamos frente a ellas de manera indivi­dualizada sino que estas se encadenan y nos rodean como leves presencias envol­ventes donde el espacio que las separa, el lugar que ocupan a diferentes alturas y que nos obliga a desplazarnos así como la tenue luz, todo, adquiere significación. Al hablar de este trabajo el pintor alude a la idea de la cueva rupestre donde nues­tros ancestros recreaban el exterior con objetivos rituales; el habitáculo protector convertido en espacio simbólico. Sus paisajes no son ahora ventanas al exterior. Valle nos invita a un viaje a través de representaciones donde pasado y presente se funden. Casi podría decirse que ha creado un escenario donde nosotros somos los protagonistas de una narración poblada de metáforas sobre el tiempo y la exis­tencia, un espacio suspendido donde hacer posible una experiencia meditativa, de introspección.