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textos

Incluso amando, uno debe bastarse a sí mismo.
Sören Kierkegaard
Que veinte años no es nada,
Que febril la mirada…
Volver, tango de Gardel y Le Pera
— Que me despierten a tal hora
—dijo un viajero en un hotel.
— Señor: ¿con música o sin música?
— No sé… Con música tal vez.
Jorge Guillén

Hablar, sería mucho más correcto y honesto decir «rememorar», de las singularidades, tanto individuales como grupales, de un colectivo de artistas en torno a los primeros años de la última década del pasado siglo, tiempo aquel en que quien esto escribe tuvo una mayor relación con A Ua Crag; con lo que, coloquialmente, «ha llovido desde entonces», supone llevar a la práctica menos un ejercicio de fatigosa memoria —ello sería tan poco efectivo como sumamente banal e improductivo, y siempre tramposo— como el hecho, sin duda más decoroso y quiero creer que noble, de intentar una actualización desde el presente, haciendo definitivamente mía, para bien y para mal, la lluvia caída que todo lo desfigura y borra, de aquello que la memoria ha dignado salvar del diluvio. Lo que aquí escribiré sobre mi relación personal y profesional con A Ua Crag está ya irremediablemente contaminado por la experiencia vital de los años transcurridos (y no quiero entrar en el siempre desagradable tema de los inevitables cambios biológicos —para peor— de cada uno), de ahí que crea oportuno realizar esta necesaria declaración de principios, pues los fragmentos y jirones que la memoria ha conservado en un estado de relativa pureza ni siquiera son así, pues esos mismos fragmentos y retazos cinco años atrás serían otros muy diferentes, y diría lo mismo transcurridos cinco años más desde el actual presente. Bien mirado, y haciendo de la necesidad o de la carencia una virtud, también me he sentido obligado a situarme a una «distancia cero», tal como por esos mismos años preconizaba José Luis Brea, con respecto a este imposible ejercicio de memoria, dado que es ilusorio poner en blanco diez o más años de una vida, como si nada en ella hubiera acontecido; mejor y más saludable será intentar lograr aquí, en este texto, una instantánea fotográfica de un pasado casi remoto. Espero y deseo que esa imagen no me salga deficiente y borrosa. Doy por bueno el que la reproducción de esta fotografía sea un poco antigua si con ello ganamos en claridad enunciativa o en nitidez formal. Ah, por supuesto, la imagen ni es digital ni nada debe a los nuevos medios tecnológicos…
A Ua Crag es —sea bienvenido, en esta ocasión propicia a la actualización de la memoria, el presente del verbo, y dejemos su forma en pasado para futuros historiadores del arte español del siglo xx— un Colectivo de Acción Artística y Espacio Alternativo. Para ser honestos: no tengo ninguna seguridad sobre si esta definición que acabamos de expresar corresponde a una lógica semántica aceptada y publicitada por el propio colectivo, o bien pertenece a algunos de los textos ahora recuperados con motivo de este escrito, o quizá, pudiera ser, corresponde a cualquier afiche biográfico en alguna parte leído y que ahora para bien reaparece obligado por la urgencia de este escrito. Por otra parte, de poco ha de importarnos la prueba fehaciente, o la auténtica fuente, de ese (afortunado) subtítulo identificatorio, pues, efectivamente, A Ua Crag era, esencialmente, un Colectivo de Acción Artística y Espacio Alternativo con sede en Aranda de Duero.
Resulta realmente admirable comprobar, ahora, en la primavera del 2005, lo bien que suena esa definiciónColectivo de Acción Artística y Espacio Alternativo—, e incluso lo bien que suena el nombre de la noble ciudad burgalesa unido a un grupo de artistas de arte contemporáneo, ahora, que hasta las periferias geográficas han desaparecido, o por lo menos no son lo que eran hace veinte años. Para nada. Y en lo que respecta a lo de «espacio alternativo» diríamos exactamente lo mismo. ¿Quién no posee, trabaja, colabora o sueña, ahora mismo, con un espacio alternativo? De hecho, en el presente, son mayoría los «alternativos», de seguir así esta opción de vida dentro de muy poco nada será más radical y alternativo que ser un inteligente burgués integrado.  Y esta ha de ser, precisamente, la primera causa reivindicativa de la importancia de A Ua Crag: Lograr una estructura de visibilidad social (no parece muy oportuno decir mediática en gestos y acciones artísticas de hace veinte años) de un colectivo de creación plástica contemporánea que tenía su base operativa, y razón social, en una pequeña ciudad castellana. Ahora, felizmente, Burgos, Salamanca, Valladolid y León tienen sus respectivos centros de arte contemporáneo. Bienvenidos sean, y cuantos más mejor, pero hace veinte años, Dios mío, casi toda España era, y no únicamente la meseta castellana, hablando en términos de infraestructuras artísticas, una infinita pampa de abandono y soledad. Pero en cambio en Aranda, mira por dónde, nacía A Ua Crag…
Mi experiencia personal con los artistas de Aranda vino establecida cuando ellos, muy amablemente, me invitaron a colaborar con sendos colectivos de artistas franceses y holandeses, y ello sería en torno a 1992/1993, aproximadamente. Los respectivos stages se llevaban a cabo en régimen de intercambio, con estancias laborales y teóricas en Aranda, si bien posteriormente el conjunto de obras de todos los artistas, a más de en Aranda, también se presentaban en París y Rotterdam. Y con este asunto de desear confrontar experiencias propias con ajenas volvemos un poco al mismo tema ya tratado: ahora nada más normal que invitar a artistas y por artistas extranjeros y ser invitado por ellos nada más natural que los desplazamientos geográficos, nada más provechoso que el turismo cultural, nada más instructivo que la asistencia rutinaria a determinados eventos internacionales, nada más lógico que enviar y recibir información de y a cualquier parte del mundo. Pero hace veinte años…, bueno hace veinte años el país entero estaba tan obsesionado por lograr un lugar en el sol del escaparte artístico internacional que difícilmente se reparaba en según qué acciones, manifestaciones o simplemente aventuras, y por supuesto desde los despachos de los organismos institucionales a nadie se le ocurría reparar en un colectivo artístico de Aranda de Duero. Estaban y estábamos todos tan preocupados por lograr el ansiado aggiornamiento, luego de décadas de impuesta soledad, que cualquier señal proveniente del interior-interior del país estaba abocada al fracaso. Además desde Madrid (y un poco desde Barcelona, pero bastante menos que los capitalinos) ya se encargaban algunos (y algunas, especialmente) de decidir quiénes eran los elegidos, quiénes habrían de ser los escogidos de esa cosa que ahora nos produce un poco de vergüenza pero que en su día se definía como los “abanderados del nuevo arte español”. Pero esta es otra historia. Sí, ahora cualquiera se somete a la enriquecedora y promiscua experiencia de “intercambiarse con todo el mundo”, pero hace veinte años…, pues hace un poco menos de veinte años, quince, lo hacían A Ua Crag desde Aranda de Duero. Aranda of what? Lo más divertido (y trágico) de la inocua broma que acabo de escribir es que esa aturdida expresión la empleaban (o la hubieran empleado) los responsables de la proyección del arte español en el exterior. De ahí que desde los despachos de Madrid se expresaran en inglés: A Ua Crag? Sorry, I do know…
Sí, decididamente, y con total seguridad, no encuentro mejor definición para expresar lo que es A Ua Crag (insisto en el presente: ya sé, ya sé…) que el de un Colectivo de Acción Artística y Espacio Alternativo. En primera instancia porque esa colectividad tendría, esencialmente, su razón de ser más efectiva vista su acción desde un plano moral, que no sería otro que el voluntario, más que voluntarioso, deseo de oscurecer el ego individual de cada artista para resituarlo en una estrategia de acción colectiva. ¡Ah, el ego de los artistas españoles que viajaban al exterior hace veinte años! ¡Cuántas brutales caídas ha ocasionado, y no deseo citar nombres, esa dañina alteración en el normal desarrollo de la personalidad! Pero si esto era así, el deseo inteligente de obscurecer la singularidad individual de cada uno, en tanto que ente social, se producía justo lo contrario en lo que se refiere a la singularidad creativa de cada uno de los integrantes de A UA CRAG. Observando desde el hoy las reproducciones de los trabajos realizados por aquellos años lo que comprobamos es la singularidad extrema y diferenciada de las obras creadas, y a su vez cómo esa disparidad de criterios estéticos venían a agregarse, sin timidez alguna: con arrojo y seguridad, a las múltiples corrientes creativas que l’air du temps dictaba en lo que se refiere a la creación plástica contemporánea. Hace quince o veinte años en A Ua Crag estaba todo. Queremos decir: estaba todo lo que ahora mismo se sigue haciendo con otros medios y sobre todo con otras tecnologías. Estaba la preocupación por el entorno urbano enfrentado a la creación cultural y el lugar de ésta en la sedimentación histórica (Rafa Lamata); estaba el problemático locus de la escultura y la instalación cuando éstas ya no podían ser así definidas o explicadas (Pepe Ortega, Alejandro Martínez, y de nuevo Lamata); estaba la “cuestión pictórica” con todas sus ambigüedades (Rufo Criado, pero también, en otra vertiente, Jesús Max); estaba la perseverancia del clasicismo de la forma en la neutralidad del espacio (Pepe Ortega); estaba la instalación en su vertiente más próxima a la naturaleza (Julián Valle); estaba la fotografía y la preocupación por la cultura visual, sus trampas y sus mistificaciones (Javier Ayarza). Sí, bien mirado, en A Ua Crag estaba casi todo. ¿Qué faltaba, pues? Ello también lo tenemos claro: el cinismo moral, el oportunismo ideológico y estético, la deshonestidad creativa, el desinterés por la ley de la oferta y la demanda, el no renunciar a según qué parámetros, modos y maneras… Esta puede ser una buena oportunidad para comprobar in situ lo que hasta ahora hemos desgranando. Esta puede ser una buena oportunidad para comprobar, una vez más, los múltiples e irrenunciables puntos de partida con los que A Ua Crag inició su andadura. Como dice una hermosa y vieja canción de Joan Manuel Serrat: Ara que tinc vint anys, ara que ancara tinc força…
Luis Francisco Pérez
Barcelona, Primavera de 2005

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