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UNA EXPERIMENTACIÓN PROPIA
En «Los trazos de la canción» anota Bruce Chatwin que el viaje es el mejor
remedio para la melancolía, porque restablece la armonía original que en
otro tiempo existió entre el hombre y el universo. Empeñado en la
reconstrucción de un viaje a la manera antigua, gran parte de su libro es una
reflexión sobre esa vocación nómada del ser humano y sobre las variadas
consecuencias derivadas de su pérdida.
Mientras hubo territorios por explorar y mares por atravesar, el imaginario del hombre se acopló con literalidad a la idea del viaje como desplazamiento terrestre, si bien también se dieron siempre casos de paliativos no menos fecundos. Chatwin mismo, que al final de su vida llegó a escribir “buscar a los nómadas es buscar a Dios”, recuerda  que, gracias a la inmovilidad impuesta por sus enfermedades digestivas, Pascal llegó a ser uno de los grandes analistas del desasosiego y que Proust, “el ermitaño de la habitación tapizada con corcho se convirtió en el más extraordinario de los viajeros literarios”. Podemos recordar igualmente, que también los místicos recluidos en sus celdas, inventaron una nueva forma de viajar transformándose ellos mismos en camino, razón por cual Peter Sloterdijk debió establecer aquella curiosa asociación entre los místicos y los corredores de maratón. Es interesante además constatar cómo la salida al espacio, sobre la que nuestro tiempo ha proyectado intacta la mítica del viaje, ha servido, al igual que el mar en la edad moderna, como desencadenante de experiencias formales y como marco de visiones utópicas, en el arte,
en la literatura y en el cine. Todo parece indicar que la naturaleza del ser humano exige
en todo tiempo contar con un lugar en el horizonte al que poder desplazarse para descubrir los territorios en los que habita ese otro que también somos y que nos oculta el hábito
de creernos el mismo que nos impone la vida sedentaria. Del mismo modo, el espíritu viajero es el que sabe encontrar siempre una forma de deshacerse de él, de construir
un rincón en cualquier lugar por el que saber escaparse, desde una biblioteca o el peldaño de un sótano, hasta un jardín o el sillón de un interior doméstico.
La idea del viaje ha sido asociada innumerables veces a la obra de Dis Berlín.
Lo con.rmo una vez más rememorando su obra rodeada de sus catálogos la tarde antes
de ir a verle a su estudio de Aranjuez e intento reconstruir a través de sus imágenes
su carta de navegación. Aviones, barcos, trenes, islas, mapas, animales exóticos, hogares
en la luna, paisajes estelares, mandalas. Veo las múltiples direcciones de sus viajes,
sus escalas fuera de programa en estaciones puntuales de la historia del arte. Compruebo su habilidad para subir a bordo de cualquier cosa, un cromo, una postal, una fotografía y utilizarlas, no como los productos congelados de un mundo apóstata, sino como insospechadas naves para llegar hasta las estrellas. Veo cómo se ha lanzado a viajar por Eva como si todavía fuese un universo inexplorado. Me pregunto por el  nuevo lugar al habrá llegado ahora y que voy a conocer al día siguiente. Pienso que la visita al estudio
de un pintor puede ser también como un viaje, como una ocasión para provocar la experiencia cada vez más esquiva del descubrimiento.
Recién salidos de su mano, todavía vírgenes de otras miradas, me recibieron
en el estudio de Dis Berlín tres de sus últimos cuadros que habían sido colocados al fondo, apoyados en la pared sobre un mueble a la altura de los ojos. En el del centro se veía
a un caballero de per.l que, situado frente a una puerta entreabierta, parecía enfrascado en un misterioso experimento. Este caballero portaba una vela en cada mano y en vertical, aparecía una más a sus pies. Su indumentaria, levita ajustada, melena romántica, patillas y bigote, servían para situarnos con más o menos precisión en algún momento de la primera mitad del siglo XIX. En los fragmentos de cuadros que se veían sobre los muros se adivinaban paisajes geomórficos y contribuían a crear la inquietante atmósfera de aquella imagen y a completar el per.l de su protagonista. Dependiendo de si el espectador elegía pensar que la puerta estaba abierta o se disponía a ser cerrada, podía seguirse que el personaje practicaba ejercicios de física o que llevaba a cabo un ritual esotérico. En cuanto a las pinturas que se situaban a los lados, en una de ellas aparecía un artilugio mecánico recortándose sobre un mar de nubes en el que también flotaba un globo aerostático y en la otra, una mano portaba una vela que se reflejaba sobre dos espejos. Estos dos cuadros, así como otros que fue enseñándome a lo largo de la visita y en los que volvían a aparecer velas y espejos, respondían al esquema del bodegón, un género frecuente en Dis Berlín, pero era notorio que sirviéndose de esa fórmula generosa, el pintor había recorrido como siempre peculiares itinerarios. Me mostró igualmente algunos que evocaban fantásticos ingenios voladores, pero más que al momento en el que las máquinas comenzaron a ser utilizadas como símbolos de la ruptura con la naturaleza, aquellas imágenes parecían aludir a situaciones distintas.
Bajo su claridad, bajo su ordenada disposición, las obras de Dis Berlín son cómo plácidas islas, sostenidas por toda una sólida estrati.cación de imágenes y surcadas por una compleja red de percepciones. Sin eludir la ironía que emergía de aquellos extraños objetos, soluciones imaginarias para una ciencia inventada, que también podían evocar derivas patafísicas, algo había en el clima de las pinturas que evocaba fragmentos de antiguos gabinetes en los que sus  habitantes llevaban a cabo en soledad y con toda seriedad y confianza en la ciencia, más o menos verosímiles experimentos. Creo que el manejo de la ironía es uno de los atractivos de la pintura de Dis Berlín, lo que constituye el fundamento de su estilo tanto desde un punto de vista formal como vital. Se acerca a los temas elegidos con gran pasión y aunque los somete después  a una lenta reflexión, a un cierto enfriamiento, mantiene el coraje su.ciente como para que la ironía no los destruya por completo, sino que la administra en las dosis precisas para atenuar el aroma demasiado penetrante de una solemnidad que igualmente deterioraría su poética. Era inevitable que un espíritu viajero como Dis Berlín hubiera olfateado ese momento crucial del viaje de la modernidad, en el que la ciencia intentaba descifrar el universo, estableciendo leyes universales, tratando de comprender, los enigmas de la biología, los secretos de la materia y las reacciones químicas, el comportamiento de la luz, observando el .rmamento a través de telescopios cada vez más perfectos, fabricados casi siempre por ellos mismos. En 1813, el anciano William  Herschel, profesor de música y astrónomo inglés, heredero todavía del espíritu de la Ilustración, le confesaba al poeta Thomas Campbell “He llegado a ver más lejos en el espacio que cualquier otro ser humano antes que yo”. Herschel había hecho estas observaciones sin moverse de su casa de Slough, aunque igualmente había contribuido a inaugurar una nueva forma de ver, a despejar el nuevo camino que estaba abriéndose al espíritu viajero del hombre y que desplazaba su curiosidad más allá de la tierra.
Los nuevos descubrimientos de la ciencia, las nuevas rutas abiertas tanto hacia el espacio exterior como hacia el interior, impregnaron la obra de numerosos artistas del siglo XX. Paisajes estelares, dibujos en el espacio, explosiones de la materia, exploraciones al interior de la mente o evocaciones del microcosmos desvelado por la biología, que revelaron la aleatoriedad de nuestro destino, conforman gran parte del imaginario de los artistas. El propio Dis Berlín no ha permanecido ajeno a esta llamada, pero, aunque en su trayectoria podemos encontrar obras que atestiguan su llegada hasta esos lugares, varios autorretratos, entre otras, incluso entonces, su viaje está marcado por un itinerario absolutamente personal. Dis Berlín parte siempre de estaciones de su memoria, construye sobre ella su camino y con ella se relaciona también su peculiar espíritu investigador. He visto en su estudio sus características colecciones de piedras, conchas y tapones cuidadosamente agrupadas por colores o formas, e incluso, lo que es más sorprendente, pepitas de manzanas y uvas ya consumidas, como si se tratase de preciosos vestigios arqueológicos, respondiendo a una selección que sólo tiene que ver con el empeño por la restitución del misterio, del hálito sagrado que permanece escondido en cada forma.
La evocación que se desprendía de estas obras de Dis Berlín del clima de curiosidad, meditación y observación en soledad  sobre el comportamiento de los elementos de la naturaleza de aquel momento sin duda apasionante de comienzos de la modernidad, remitía más a la actitud devotamente exploradora de sus creadores, que a las consecuencias derivadas de sus investigaciones y que acabarían por socavar los cimientos del viejo mundo. La fascinación que despiertan las naturalezas muertas, la pintura de objetos, radica
en que funcionan como espejos mágicos en los que, a través de su sentido del orden, de la proyección de la mirada de su hacedor, podemos reconstruir su imagen ausente, una mirada que se proyecta también sobre el contemplador y lo convierte igualmente en protagonista de la historia allí reflejada. Dis Berlín viajaba hasta el espacio de aquellos gabinetes y rescataba aquellos hipotéticos objetos manejados por audaces y paciente sabios tan afines a su vocación de observador e investigador de todo lo que le rodea, para seguir edi.cando su propio laboratorio, en el que atesora todo cuanto le permite llevar a cabo
sus experimentos tras el desciframiento de unas leyes sobre las que fundamentar su poética. Alquimista de imágenes, las observa, recolecta, archiva, mezcla y destila hasta conseguir extraer de ellas un concentrado elixir de insospechado aroma al que también invita a sus contempladores para que bajo sus efectos, vuelvan a recobrar su capacidad nómada y así llegar al país en el que las cosas vuelven a transformarse en objetos irrepetibles y únicos. En 1809 cuando la ciencia empezaba ya a percibirse como modeladora de nuestro destino, Goethe publicaba las «Afinidades electivas», uno de los primeros ejemplos en los que empieza a barajarse en la literatura la influencia de las reacciones químicas sobre el comportamiento humano. Goethe hace decir, sin embargo, a uno de sus personajes: “Aquí se habla solo de tierras y minerales, pero el hombre es un verdadero Narciso. Le gusta verse re.ejado en todas partes como en un espejo. Se pone debajo del mundo entero como una capa de azogue para que en todo sea él quien destaque”.
MARÍA ESCRIBANO