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La fábrica de ilusiones
Un ambiente ordenado habita el estudio comprometido y comprometedor de este leonés, avilesino de adopción,
que lleva tres décadas buscando la belleza, el diálogo y la reivindicación en todas sus series fotográficas
En 1990 entrevisté por primera vez a José Ferrero en un pequeño bar de Gijón, frente al puerto deportivo, lejos de
este taller avilesino. Desde entonces le he visitado varias veces, comprobando siempre que la pulcritud y la
rigurosidad son claves en su quehacer cotidiano. Así se advierte en este renovado estudio, que destaca por las amplias
y ordenadas estancias.
La luz cenital penetra desde ventanales elevados, que se abren y cierran con unos curiosos engranajes diseñados por el artista. Algunas zonas sirven para experimentar con la iluminación, otras para desarrollar procesos de laboratorio, otras para almacenaje y otras, simplemente, para sentarse, leer o reflexionar sobre la vida y sus vueltas. Una de las características más singulares del taller de un fotógrafo suele ser su olor, sutil y neutro, ajeno al dulce sabor del óleo o a esa cálida sensación que impregnan las maderas recién cortadas. Aquí, en cambio, fluyen esos vapores de aguarrás, de bastidores recién montados, de acrílico y pigmentos. Y es que nuestro fotógrafo, que también es profesor titular en la Escuela de Arte de Avilés, comparte estos rincones con su pareja, la pintora Elisa Torreira. Cada uno tiene su propio espacio, sin tabiques ni grandes distancias, pero ambos respiran la misma atmósfera. «Mi rutina -dice Ferrero- transita entre mis tareas docentes y la dedicación artística, aunque mi entorno afectivo ha ido cobrando cada vez más peso, seguramente porque he comprobado que debe enriquecerme más, incluso, que el arte». Cuando la fotografía se hizo un hueco en la representación pictórica, hace ciento setenta años, se inició un proceso de definición y redefinición mutua entre ambas disciplinas, diálogo apasionante, que aún perdura. Poco a poco la fotografía adquirió otras perspectivas, nutriéndose del espíritu del siglo XX, haciéndose eco de muchas vanguardias históricas y reinventando, incluso, aquel ‘segundo instante’ que era el laboratorio. Hoy la fotografía convive felizmente con las artes plásticas, seduciéndonos como medio ejemplar para apropiarse de significados y romper fronteras con otros lenguajes. Ha incrementado su protagonismo en el circuito, y ha revelado a propios y extraños su complejidad como herramienta de composición y como sujeto significante. En esos términos viene jugando sus bazas José Ferrero. Nació en León, pero se trasladó muy pronto a Asturias. Trabajó en la Escuela de Aprendices de Ensidesa, y fue un consumado deportista hasta que, hace tres décadas, el arte invadió su vida para siempre. Suele colaborar con otros artistas cercanos, incluso ha realizado hermosos retratos de sus compañeros. Hoy es uno de los principales dinamizadores del arte contemporáneo asturiano, muy crítico con las injusticias y siempre independiente. Ferrero nunca pierde el norte. Allí donde el acto fotográfico implica una apropiación por parte del sujeto que mira, donde los instrumentos técnicos y metodológicos sólo tienen sentido en base a una elaboración eficaz, se plantean las obras de este artista íntegro, comprometido y comprometedor. Sus trabajos dialogan con el público y suelen ser reivindicativos. Porque ver una fotografía no sólo es ver ‘la cosa’ fotografiada; es, además, ver al fotógrafo apuntando. «Lo cierto es que estoy un poco cansado de trabajos que recurren a lo exótico, a lo extraordinario, a la anécdota», señala. «Pienso que, aunque los usos y procesos han cambiado considerablemente, los temas son (o deben ser) los mismo de siempre: la vida, la muerte, los sueños, las frustraciones, las utopías, las obsesiones… En ese sentido yo me he ‘fijado’ en las pequeñas cosas que suceden a nuestro alrededor, tratando de ponerlas en valor». Esas palabras definen bien su exposición actual, en la galería Utopia Parkway de Madrid que, bajo el título ‘The elements’, estará abierta hasta mediados de julio. Una serie más sosegada que las anteriores, centrada en los detalles de la naturaleza. Hace tres años, en esta misma sala, Ferrero exhibía pequeñas historias extraídas de los espacios museísticos, que se centraban en asuntos como la autoría, el público, la arquitectura o las jerarquías. Su obra reciente es igualmente sugerente, pero más lírica y menos conceptual. «Creo que esta exposición supone una ruptura con trabajos anteriores. Me he liberado de ciertos planteamientos teóricos, en ocasiones banales, centrándome en la esencia de las cosas. Técnicamente es la más complicada que he realizado». Horizontes, nubes, pájaros solitarios, la estela de un avión, una mano abierta… imágenes vacías, escenografías desnudas, con su sempiterno blanco y negro. «Lo más importante no es lo que se muestra, sino lo que se puede intuir. Para mí, uno de los grandes retos es trascender el motivo que hay delante de ti». En cualquier caso, todas las obras de Ferrero, más que imágenes, son esas ‘apropiaciones’ del artista para incitarnos a pensar. Ahí cada espectador descubre sus propios ritmos, entre formas que enredan perspectivas, maravillosas casualidades de la naturaleza, objetos que se funden con las brumas. No son obras pasivas, sino activas. El habitual ‘elogio a lo inadvertible’ de Ferrero se nutre de acotaciones más profundas: frontalidad, neutralidad, objetividad… y de un saludable compromiso ético y estético donde el fotógrafo va más allá de lo evidente. Sin huir de esa verdad, recrea otras verdades. «Se dice a veces que el artista se ‘repite’, y seguramente es así. No siento la necesidad de impactar con mis imágenes; realmente creo que la vida está llena de elementos casi insignificantes. Los sucesos extraordinarios son pocos y, proporcionalmente, no creo que tengan el peso de las pequeñas cosas». Una y otra vez, Ferrero lanza certeros homenajes a la quietud contemplativa, al silencio, al reposo, a la sorpresa. Inteligente compendio de matices y juegos que persiguen otras visiones de lo emotivo, de lo irónico, o incluso de lo más ácido. Y en esa encrucijada, el mercado del arte y las tendencias no le importan demasiado. «Vivir en Asturias, con frecuencia, me ha dejado fuera de los circuitos más activos del arte. Quizás eso me ha mantenido al margen de las modas de cada momento y, a la vez, me ha permitido expresarme con mayor libertad. Posiblemente eso haya caracterizado mi trabajo». Sus objetivos laten al ritmo de los días, las horas y los viajes. «Los deseos te los tienes que fabricar tú mismo, todos los días». Y lo hace aquí, en este estudio, inventando ilusiones.
(Publicado en elcomerciodigital.com el 19 de junio de 2010)