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Una silueta
Por Luis Mateo Díez
Lo primero que le vi hacer a Amancio cuando le conocí fue, además de unas fotografías, la silueta de un hombre apostado
en un cubo.
La silueta nacía de entre sus dedos como una línea continua que detallaba al hombre en su totalidad, y era tan simple y tan
compleja que podía resumir cualquier contorno de lo que somos los seres humanos, al menos en nuestra condición de
bichos alzados sobre la sombra de nuestra geometría.
La verdad es que en la magia de aquel dibujo, en el acto tan sencillo y ensimismado con que Amancio lo realizó, apenas un
minuto de ausencia en la inspiración y el trabajo, pude resumir no menos instantáneamente la memoria que yo tenia de su
obra.
Una obra llena de tantas cosas, de tantas materias, de tantas imaginaciones, en la que el artista ha ido abriendo los caminos que incita su necesidad, no las prospecciones de los intereses y artificios que podría alcanzar con su sobrada maestría, el gran oficio de quien tanto lleva hecho, sino de lo que la necesidad impone, la ruta de los descubrimientos necesarios.
La coherencia es la marca de la casa, y en todas las materias hay una búsqueda que orienta el porvenir de la obra, como si en la persecución del hallazgo se desvelara lo que Amancio ambiciona, lo que sus manos encuentran: la idea de lo que quiere velada en la materia, la propia materia de la idea que al fin se revela en la obra hecha.
Mi memoria conecta sin remedio, en el recuerdo de sus esculturas, con los hombres que la pueblan, como si todos ellos, tantos y tan sorprendentes, formaran uno solo, o el ejército de una voluntad común que se expande en su hermosa y con frecuencia dramática metamorfosis.
Los hombres que también con frecuencia fueron árboles, lo que en la obra de Amancio tiene una especial significación mas allí de lo que la madera aporta con su belleza originaria. Me refiero a la sugerencia poética, metafórica, de esa legión humana que lleva impreso el ascendiente del bosque, cierta animalidad de la espesura, del silencio, del acervo primordial que sustancia la soledad de la vida.
Una mera silueta me pareció el resumen más deslumbrante en el gesto del artista, la marca sugeridora de su propia memoria creativa.
Amancio la hizo con la naturalidad de quien lleva tanto tiempo trabajando, como una huella improvisada que detalla humildemente la necesidad de un mundo fascinante.
Y en el recorrido de la línea yo he podido rehacer el recorrido de los torsos, de las geometrías, de los rostros que desfiguran u ocultan un sumo de eterna fragilidad, algo irremediable de nuestra condición, y que tanto atañe a lo que aguanta y a lo que desaparece.