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A  propósito de la obra de José Ferrero Villares
(para el catálogo: “Entre Arte” , Palacio Revillagigedo  junio-julio 1998)
Un ver que es mirar
Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo
que interpreta viendo y ve interpretando
un ver que es mirar
José Ortega y Gasset, Meditaciones de Quijote.
A medida que pasan los años uno llega a aceptar que las cosas no son lo que parecen. Descubrir que a menudo lo extraordinario convive, en un mismo tiempo y en un mismo espacio, con lo banal es una de las experiencias más positivas de la vida. Algunos hablan de “magia” cuando dos fenómenos aparentemente inconexos se unen en uno solo o, como dice Régis Debray, los científicos lo llaman “azar” y los creyentes “milagro”. Sea como fuere, parece que lo maravilloso puede empezar a disfrutarse aquí y ahora, independientemente de que nuestras creencias nos empujen a no dar transcendencia a nuestras experiencias.
Doctrinas aparte, cuando hace más de un siglo y medio se inventó la fotografía muchos comentaban precisamente que era cosa de magia. La fotografía, como la magia, se valía de causas naturales, como la luz y el tiempo, para obrar efectos extraordinarios que parecían sobrenaturales; mostraba una parte de la realidad que la mente ni imaginaba que existía, almacenaba datos, recogía informaciones y preservaba la memoria. Pero además, al congelar el instante y devolverlo instantes más tarde, transformaba la realidad, le añadía intencionalidad, imaginación y emotividad. En definitiva, conseguía que la trivialidad de la reproducción de lo cotidiano acariciase lo sublime.
ean Marie Schaeffer habla del objeto sublime como aquel es capaz de despertar en nosotros “la idea”, en el sentido casi platónico, de lo sublime. En el fondo se trata de tomar consciencia de nuestras limitaciones como seres racionales y de concedernos el beneficio de lo inconmensurable.
Adaptando este concepto al terreno de lo visual, se traduciría en la aceptación de que nuestra visión es limitada y que el mundo perceptible es mucho más amplio y rico de lo que nuestras convenciones nos permiten aprehender.
Probablemente, uno de los méritos más destacables de las fotografías de José Ferrero sea su capacidad para intensificar nuestra mirada, Aunque admitamos que la realidad tiene muchas caras, nuestra mirada tiende a buscar el mínimo esfuerzo y conformarse con la apariencia de las cosas. La fotografía para José Ferrero es un instrumento que le permite potenciar y ampliar su experiencia visual y por extensión su experiencia vital. Porque a través de lo que vemos y cómo lo vemos ajustamos parte de nuestra conducta y nuestra sensibilidad.
Baudelaire consideraba que la facultad canónica del artista es la imaginación, cuyo objetivo no es reproducir el mundo, sino recrearlo. Lo que quizá nunca llegó a descubrir Baudelaire es el lado mágico de la fotografía y que parte de su truco reside precisa y paradójicamente en su propia ambigüedad. La fotografía se aprovecha de la realidad, la usa como materia prima, pero le da la vuelta como a un guante mostrando la coexistencia entre la vulgar inmediatez de la representación y “lo maravilloso” en el sentido que los surrealistas daban a este término, es decir lo fantástico, lo que va más allá de nuestra percepción. Por eso ellos, los surrealistas, reclamaron en sus filas fotografías de Atget o de Kertesz.
Ferrero escoge meticulosamente sus temas, aunque lo que realmente le atrae son los objetos y los detalles de un paisaje familiar pero distinto. De hecho, a veces uno tiene la sensación de que sus imágenes han sido construidas parte por parte, segmento por segmento, con la intención de analizar su estructura recurriendo a la fragmentación. Sin embargo, lejos de reivindicar la pureza de las formas al estilo de la “nueva objetividad” alemana, Ferrero tiene interés en descubrir formas novedosas, y por tanto, en producir situaciones inéditas y más informativas, en el sentido que el filósofo Villem Flusser daba a este término cuándo escribía sobre fotografía.
Flusser consideraba que estarnos rodeados de fotografías redundantes, es decir, aquellas que se reemplazan entre sí de manera continua, que se repiten. Afirmaba que el reto del fotógrafo es hallar la fórmula para oponerse al flujo de fotografías redundantes con fotografías verdaderamente informativas. En este sentido cuanta más información, cuantas más situaciones nuevas, improbables o nunca vistas ofrezca una fotografía, más aumenta su poder simbólico, que es donde radica su auténtica riqueza. Es en este punto cuando la fotografía reivindica su magia. Con frecuencia lo más evidente es lo más equívoco y tanto la fotografía como el pensamiento mágico admiten distintas interpretaciones de un mismo fenómeno.
Una de las decisiones más importantes que el fotógrafo tiene que tomar en el acto de fotografiar se encuentra la de discriminar entre aquello que muestra y aquello que oculta, La fotografía encierra casi siempre un secreto y su lado oscuro nos seduce tanto como aquello que representa, Cuando el fotógrafo decide el encuadre de su imagen, proscribe una parte de la realidad, y altera una otra.
“El significado y el misterio son inseparables – escribe John Berger – y ni el uno ni el otro pueden existir sin el paso del tiempo”.
Así, algunas de las imágenes de Ferrero nos seducen sobre todo por aquello que no muestran, Y ello es más evidente en sus últimos trabajos más de tipo conceptual. Nos incitan a leer entre líneas, a mirar por el ojo de la cerradura. Si el fotógrafo subvierte la realidad y la transforma, el espectador ante las imágenes de Ferrero siente la tentación de traicionar al mismísimo fotógrafo y querer ver más de lo que le es dado a ver. Este licencioso juego entre el fotógrafo y el espectador da como resultado un proceso donde interactúan distintas subjetividades con distintas realidades.
Así pues la fotografía posee la cualidad de conectar con lo que no se ve a través de lo visible, o lo que es lo mismo, de mostrarnos el lado desconocido y misterioso de lo que nos rodea. Diane Arbus lo intuía muy bien cuando afirmaba: “sinceramente creo que hay cosas que nadie hubiera visto si yo no las hubiese fotografiado”.
José Ferrero Villares
Natalia Tielve García
(para el libro: “Arte actual en Asturias. Un patrimonio en curso”
Ed. TREA , S.L. D.L: As.65-2005  704-155-0)
Nacido en León, aunque afincado en Avilés desde niño, José Ferrero Villares, es Graduado en Artes Plásticas, en la especialidad de Grabado y Técnicas de Estampación. De formación autodidacta, se inició en la fotografía en 1982, acercándose además a otras facetas creativas, como el video, el teatro, el grabado o la cerámica. Su labor docente ha sido también fundamental en los últimos años, habiendo ejercido entre 1990 y 2002 como profesor de Fotografía y Técnicas de Reproducción en la  Escuela de Arte de Oviedo, en la actualidad, en la Escuela Superior de Arte de Asturias, de Avilés. Desde su primera individual, en Candás en 1985, han sido muy numerosas las exposiciones internacionales en las que su obra ha sido presentada, tanto individual como colectivamente: Milán, Brescia, París, Lieja, Mérida (México), Rennes, Eindhoven, Köln, la University of Wisconsin‑Eau Claire, diversos espacios institucionales y galerías nacionales, junto a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCO, forman parte de su amplio itinerario expositivo.
Más interesado en la investigación, la sugerencia y la ocultación, que en la representación, entiende la fotografía no como una técnica o una modalidad artística sino como una auténtica experiencia vital. La subjetividad se adueña de sus trabajos, su voluntad de expresar a la hora de escoger el motivo y de “construir” en su imaginación las imágenes, los retazos de memoria, las emociones, que luego nos presenta. En muchas de sus series la seducción y el misterio de lo oculto, lo que está más allá de lo manifiesto, son ingredientes esenciales. De ahí ese halo de misterio que impregna buena parte de sus creaciones, en el que tiene mucho que ver la importancia que Ferrero concede a las luces y las sombras.
Un sector importante entre los trabajos realizados por Ferrero en la última década, son aquellos que se fundamentan en el fragmento y la geometrización, a menudo montados sobre bastidores de madera, en cuyos límites o bordes descansan las claves de interpretación de cada obra. Entre ellos, los presentados en la exposición colectiva Entre arte, que tuvo lugar en el Palacio Revillagigedo, de Gijón, en 1998. Fotografías dominadas por la inmensidad del horizonte, la dilatación de los cielos y la fugacidad temporal, en la búsqueda continua de la complicidad del observador.
En palabras de Marta Gili, “probablemente, uno de los méritos más destacables de las fotografías de José Ferrero sea su capacidad para intensificar nuestra mirada. Aunque admitamos que la realidad tiene muchas caras, nuestra mirada tiende a buscar el mínimo esfuerzo y conformarse con la apariencia de las cosas. La fotografía para José Ferrero es un instrumento que le permite potenciar y ampliar su experiencia visual y por extensión su experiencia vital. Porque a través de lo que vemos y cómo lo vemos ajustamos parte de nuestra conducta y nuestra sensibilidad”.[1]
En abril del 2001 presentaba el trabajo La vida misma, junto a con la intervención poética de  Elisa Torreira Llueve hierba, en De la Puente Foto Espacio, de Oviedo. La propuesta trataba del efímero discurrir del tiempo y de la construcción de retazos de la memoria, partiendo de una  superposición de imágenes, sobre la proyección continúa de una película de súper ocho. La imágenes y sus mensajes se veían completados con la palabra, aportada por Elisa Torreira, y por la propia participación y relecturas de los visitantes.
A partir del discurso de la ausencia, bajo el título Espacio Vacío/Vital, Ferrero mostraba en agosto de 2001 una serie de imágenes en el Museo Barjola de Gijón. El simulacro, el vacío, la pérdida, la ilusión, el alegorismo pictórico y el proceso de deconstrucción, guiaban en aquella ocasión sus objetivos.  A juicio de Fernando Castro “El diferenciarse de lo mismo en las foto-secuencias o pseudo-panoramas de Ferrero remite a una topografía desmontada, a un horizonte en el que es pertinente tanto la fascinación por la geometría del blanco y las sombras, como en la hermosa fotografía de una ventana que es umbral de la oscuridad no narrada, cuando la broma “conceptualista” del Se vende en la que el vaciamiento es más que evidente. La deconstrucción a la que alude Ferrero tiene que ver, por supuesto, con un cuestionamiento de la idea convencional de lo fotográfico, delimitado por el passe-partout, encerrado por el cristal o bien convertido en gigantismo del ciba-chrome, en esa escala tan retorizada. Lo que compone este ingenioso artista son superficies que alegorizan lo pictórico, planteando una rigurosa reflexión sobre el límite, borde o marco”[2].
Una de sus últimas participaciones colectivas fue la exposición Contrastes, que tuvo lugar en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo en la primavera del 2004, con motivo de la cual se presentaba un catálogo donde en los textos de la comisaria, Julia Barroso Villar, y de los críticos Javier Hernando y Jaime Luis Martín, se abogaba por la pérdida de limitaciones de la imagen fotográfica en el listado de categorías artísticas. Bajo la consideración de este último, “en la fase más intelectual de José Ferrero se invierte el resultado fotográfico vaciando la imagen, desplazando lo visto hasta los márgenes, simultaneando escenas, purificando el  positivado. El atentado  contra la realidad se perpetúa como una prolongación de lo humano porque la lente desconoce el vacío, la ausencia y en el negativo, cuando se impresiona, nada suma cero”[3].
Una faceta fundamental, además, en su quehacer a sido la constante y activa colaboración de Ferrero con otros artistas, siempre entendida por él como una forma de complementareidad y de enriquecimiento, tanto desde el punto de vista personal como creativo; explorar otros lenguajes artísticos y otros modos de entender la plástica[4].
[1] Ver GILI, M.: “Un ver que es mirar”, en Entre Arte, Caja de Asturias, Obra Social y Cultural, Gijón, 1998, p. 138.
[2] En CASTRO, F.: “(Des)bordes, topografía y desmontaje. El campo expandido fotográfico de José Ferrero”, recogido en José Ferrero Villares, Servicio de Publicaciones del Principado de Asturias, Oviedo, 2001, p. 18.
[3] En MARTÍN, J.L.: “Protocolos para un diagnóstico de las relaciones entre lo pictórico y lo fotográfico tras la pérdida de la ilusión”, en Contrastes. Pintura desde ayer y fotografía de hoy. Universidad de Oviedo, 2004, p. 37.
[4] Entre otras muchas actividades de este tipo, Ferrero participó en 1998 en el proyecto que, alentado por Francisco Velasco y Mª del Mar Díaz, llevó a la edición de una carpeta colectiva en el taller de Litografía Viña. De todo el proceso el fotógrafo dejó un testimonio imborrable. Rubén Suárez, aludiendo a su actitud comprometida y esforzada, señalaba: “allí permanece José Ferrero acechante. Participa a veces en las conversaciones sostenidas a media voz y otas se mantiene en la sombra, abstraído el pintor en su trabajo y olvidado del fotógrafo que espera paciente a que surja el rasgo o la actitud que define al personaje. Porque la fotografía necesita, para ser creativa, estar impregnada de la atmósfera que describe. Y también necesita tiempo”. En SUÁREZ, R.: “José Ferrero”, en DIAZ GONZÁLEZ, Mª M. y otros: 1998-1999. Una experiencia litográfica. Litografía Viña, Museo Casa Natal de Jovellanos, Gijón, 1999, p. 105.
Por Marta Gili