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Puentes sin río
Por Julio Llamazares. Octubre 2007
En el pueblo de Amancio González, en la ribera del Esla, en León, existe un puente sin río, pues éste desvió un día su
cauce dejando a aquel alejado de él y sin funcionalidad alguna. Oculto entre la vegetación, el puente es un monumento
a la soledad y una metáfora en piedra del sinsentido de la vida humana. ¿Cuántas obras para no llegar a nada?
El día en que vi ese puente (fue el propio Amancio el que me lo enseñó) pensaba yo todo eso y pensaba también en
cómo aquella obra se parecía tanto a la de los escultores. Al fin y al cabo, los materiales con los que trabajan éstos son
los mismos con los que lo hacen los ingenieros; lo único que cambia es la intencionalidad, pues, mientras que los
ingenieros intentan salvar abismos reales, uniendo espacios sin comunicación, los escultores lo que pretenden es que
sus obras sean la comunicación en sí.
El ejemplo de Amancio es paradigmático. Sus esculturas son puentes de piedra o hierro entre él y los que las contemplamos, es decir, entre él y el resto del mundo. Pero, también, son puentes de comunicación entre los que las miramos, puesto que nos sugieren sentimientos e ideas muy parecidas y ello hace que haya una comunicación también entre nosotros. La vieja negrilla, en el centro de León, o cualquiera de las obras que Amancio tiene expuestas por muchos sitios se convierten así en puentes – invisibles, pero puentes – entre las personas que se detienen delante de ellas o las miran al pasar, a veces sin darse cuenta siquiera de ello.
Las obras que ahora expone el escultor del Esla en Gijón son puentes sin río debajo; pequeños puentes de piedra y hierro que salvan el abismo de la incomunicación humana para enfrentarnos a la soledad del mundo. Así, esas pequeñas figuras que miran dentro de cajas, que atisban tras las ventanas, que se apoyan en soportes imposibles, como el pescador sin caña o el hombre que se toma un minuto de descanso, que sostienen, en fin, escaleras u horizontes con sus cuerpos, no son sino metáforas de esa incomunicación humana que Amancio, como artista, lucha por quebrantar con su obra. Viéndolas, uno imagina a su autor estupefacto ante lo que le rodea, desesperanzado y cada vez más escéptico y autista, a pesar de lo cual continúa su lucha, obra tras obra y día tras día, como un Sísifo que, en lugar de subir piedras a una montaña, las tallara para que las suban otros. Él bastante trabajo tiene con modelarlas, parecen decir sus obras, como para, encima de eso, tener que cargar con ellas.
El resultado estético es una emoción ambigua; una emoción sorprendente por cuanto nace de la misma piedra. Por un lado, melancólica por lo que de melancólico tiene el esfuerzo inútil (ese que, según Ortega, conduce a la melancolía siempre), pero, por otro, consoladora, no sólo por su belleza, sino por lo que de consuelo tiene seguir levantando puentes sobre la incomunicación humana por más que se sepa un esfuerzo vano. Amancio lo debe de saber (lo aprendió, quizá, en su infancia, viendo el puente sin río de su pueblo) y, por ello, piedra tras piedra, levantando una obra que, en conjunto, ya es tan grande y tan bella como aquél.