<< ver todos los archivos de Julio Falagán

texto2

Texto perteneciente al catálogo de la exposición
“Morralla Exquisita” en la Galería Artificial
“Homo ludens”
Algo que me llama la atención en una buena parte del arte contemporáneo
son las actitudes contrarias frente al humor que adoptan artistas y críticos,
intentando mantener una pose transcendente, orientada hacia una suerte
de monoteísmo teológico y de ortodoxia de la versión única que en muchos casos
han llevado a la creación contemporánea a oscuros callejones sin salida.
El humor es el fluido lubricante de la inteligencia. El es quien abre puertas virginales, despeja caminos poco transitados e incomoda, volviendo del revés trajes al uso. Creo que de su lúcida  irreverencia y de su iconoclasta antidogmatismo nace la creatividad.
Afortunadamente Julio Falagán, ese gran optimista, sabe que el enemigo común a todas las artes, pero sobre todo al arte contemporáneo, es el aburrimiento, y por esta razón propicia y estimula una mirada lúdica, divertida, diría que a veces detectivesca hacia su obra.
Su bagaje artístico, tan “multidisciplinar” como “indisciplinado”, se fundamenta en estrategias de apropiación y reciclaje de elementos de la vida cotidiana y la cultura popular,  a los que transfigura con  su agudeza de ingenio y su afán recolector.
Julio Falagán ostenta un gran  sentido del humor que patentiza sin complejos en buena parte de sus creaciones, en las que el objeto reciclado o “envasado al vacío” se convierte en agente  activo hasta definir una poética marcadamente diferenciada de otros artistas objetuales, como Brossa, Gober o Koons, aunque comparta con ellos una indisimulada atracción hacia la paradoja y una forma operativa de ensamblaje proclive a la cre-acción de artilugios que explotan ante nuestra mirada, para producir ese hormigueo desequilibrante y placentero que uno sólo siente ante las buenas obras.
Cada uno de estos artilugios se convierte en un juego lúdico a base de materiales, conceptos, ordenamientos, ironías, realidades y trampantojos que contribuyen a la desacralización estética y la estimulación del intelecto.
Digo esto porque las creaciones de Julio Falagán en principio, van encaminadas a ser interrogadas, más que contempladas, y (a pesar de su apariencia un tanto anárquica) son construcciones previas y metódicamente proyectadas, fuera de toda improvisación. Yo diría por ello que lo suyo son objetos más “buscados” –aunque sea inconscientemente- que “encontrados”
Edward Kienholz decía que para comprender una sociedad era necesario recorrer las tiendas de baratijas y los mercados de segunda mano, pues para él era una cierta forma de educación y orientación  histórica. Se trataba de detectar ideas en los desechos de la cultura.
Observando toda la  producción de Julio Falagán en conjunto uno descubre que cada pieza y cada juego de palabras, está imaginariamente unido a los otros como las frases de un alucinógeno discurso; las manipulaciones plásticas  y conceptuales de materiales y objetos demuestran que la destreza para la que debe estar preparado el artista es la metáfora, el tropo, la metonimia, la palinodia, el aforismo, y que las sentencias que matizan sus cuadros y artilugios deben ser leídas en un doble sentido: aquel al que hacen alusión y su contrario…
Las filias y las fobias del autor se mezclan con aspectos sociales, populares y culturales, enanas construcciones llenas de ironía, cuando  no de un punto de sarcasmo, que desafían al espectador a bucear en su propia memoria  y a enfrentearse a sus propios miedos y deseos. Pero nada de huecos transcendentalismos, Falagán, como mucho, se limita a señalar un estado de las cosas sin caer en cualquier tipo de pesimismo cultural o de protesta.
Invariantes en todo su trabajo son los guiños indiferenciados a la historia del arte y  la cultura popular y un cierto regusto fetichista y sensualmente manipulador que a veces se recrea sin disimulo en materiales y texturas tal y como observamos en sus cuadros de telas viejas. Pero lo verdaderamente interesante es su tendencia a introducirse en los charcos de la encrucijada y el dilema pues  cada una de sus obras se presenta como un enigma y, como todos lo enigmas, no sólo se contemplan, sino que se descifran. El aspecto visual, aunque esté minuciosamente planificado, es sólo un punto de partida, y como otros grandes artistas que no es necesario nombrar. Julio Falagán saca el arte del universo retiniano, modificando sustancialmente el acto inocuo de mirar y lo convierte en una suerte de “prueba de iniciación”, que se expresa frecuentemente mediante mensajes ocultos e instrucciones dirigidas a todo aquel que esté dispuesto a  “entrar en el juego”.
Algunos hombres, y no precisamente en la infancia, podrían ser calificados como “Homo ludens”, es decir, hombres que juegan; de la imaginación o fantasía de cada cual depende que esta actividad lúdica les acompañe placenteramente toda una vida. Creo sinceramente que Julio Falagán pertenece a esa clase de sujetos que, más allá de las zozobras metafísicas en torno a la consideración de aquello  que puede o no puede ser llamado arte, ha llegado a un punto en que lo que más le interesa es precisamente “jugar”. Y en este punto es inevitable citar para terminar al inefable Marcel  Duchamp, para quien el arte es antes de nada “un secreto que debe compartirse y transmitirse como un mensaje entre conspiradores”.

Javier Panera.