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José Ferrero: Un subversivo fuera de sospecha
José Ferrero. A propósito de la deconstrucción
La exposición de José Ferrero es ante todo una demostración de valor. Hace falta tener mucha fe para atreverse a
desarrollar una obra que por su forma y contenido se posiciona en tierra de nadie, en ese camino ambiguo y
tambaleante que bordea todas las fronteras del mundo, su obra en sí misma es una frontera entre la fotografía y la
pintura, entre la realidad y el deseo, entre lo real y lo imaginario.
Llamaremos fotografías a las obras del asturiano única y exclusivamente porque fueron realizadas con una cámara Hasselblad 500 con un objetivo de 80 mm, película Kodak TMAX 100 y papel baritado plastificado montado sobre un bastidor. La técnica nos obliga a llamarlas así pero la mirada nos tienta a sacarlas de cualquier contexto clasificatorio y pensarlas desde una sensación desconocida.
El interés primordial de las obras de Ferrero está en lo que no está. Los espacios blancos y vacíos que se esparcen sobre el papel fotográfico son el ojo de una cerradura por la que vuela nuestra imaginación en busca de alguna palabra o imagen que restituya esos fragmentos de ausencia.
Ausencias que han sido construidas en imágenes tan habituales y cotidianas que forman parte de nuestro inconsciente. Son imágenes de diario, que extraídas de sus contextos habituales y manipuladas tecnológicamente, adquieren un significado tan diverso como las interpretaciones que suscitan. A propósito de la deconstrucción es una exposición en la que José Ferrero se ha puesto a la labor de deshojar pacientemente la noción tradicional de la fotografía utilizando “la cámara como bisturí, el negativo como paleta de pintor” y el bastidor como molde de escultor.
La articulación de las fotos de Ferrero está en el volúmen y en el vacío de sus blancos. Los cantos de las obras son en muchos casos los detonadores de la interpretación. Ferrero transforma el espacio bidimensional de una imagen corriente en una obra tridimensional cuyos significados dependen de nuestra posición geográfica ante la obra. En cuanto a los espacios vacíos, si se les observa desde lejos, actúan como elementos visuales de forma y a medida que nuestra mirada se acerca al detalle, el blanco se transforma en elemento conceptual. Son recreaciones de la lucha eterna de Malevich por definir la supremacía del blanco.
Hasta hace muy poco, la importancia de la fotografía radicaba en ser motor de la reconstrucción de la memoria y representación inmediata. Un simple reojo al viejo album familiar o al almanaque de alguna década pasada podía refrescar el recuerdo sin mayores esfuerzos. José Ferrero ha planteado un reto. Ha desafiado a la capacidad del medio como referente directo de la realidad.
Cada obra de José Ferrero es una realidad distinta a cada mirada que se posa sobre ella. Cortar, borrar, ocultar, manipular y transformar lo mundano en algo nuevo y seductor es un proceso subversivo que transforma la complicada relación de la fotografía con “el momento decisivo” que teóricamente persigue.
¿Cuáles es la política de la verdad fotográfica?. Ahora mismo, puede que cualquiera pero me atrevería a apostar por la comunión de Ferrero con la fotografía subjetiva del Dr.Otto Steinert como único camino hacia una nueva ética y estética de la fotografía. Como único camino para reivindicar que la verdad, en muchos casos, es lo que no podemos ver. Es en los espacios blancos de las obras de José Ferrero en donde está el contenido real de su obra. ¿Es posible imaginar una fotografía como simple indicio de la realidad?.
Resulta difícil encontrar en algún lugar de nuestra memoria alguna nariz que complete los rostros parcialmente ocultos de los protagonistas de Foto de boda o cinco versiones de un feliz suceso. Puede convertirse en un intento agotador descubrir lo que había detrás del brillante círculo central que oculta el misterio de Centro de interés. Si el espectador pretende desvelar estos misterios, estar delante de las fotografías de José Ferrero puede resultar perjudicial para la salud.
El único remedio contra el mortal veneno de la curiosidad (que mata gatos) es inocularse una contundente dosis de resignación y una vez surtido el efecto, disfrutar del placer que produce la contemplación libre de ataduras. Las grandes obras de arte deben ser vistas así, sin husmear en lo que sobra ni indagar en lo que falta. Simplemente experimentar en el cuerpo y en la mente la aventura de mirar algo que no existe. Es allí en donde la obra de Ferrero se convierte en algo cercano a la pintura y es por ello que su presentación en Utopía Pakway tiene un doble significado. En este pequeño espacio para el arte se ha consolidado el valor de apostar por pintura-pintura, la de siempre y para siempre.
Para unos, admirar a Ferrero puede ser un camino hacia una “complicidad sentimental” por aquello que falta y para otros, entre los que me incluyo, es una ventana al mundo indivisible e instantáneo del placer estético, como ese primer instante de contemplación de Objetivo en los límites en el que se desencadena una tensión que se agudiza ante el descubrimiento de una ausencia incomprensible.
Por Erika Babatz