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Texto perteneciente al catálogo de Interzon@s 06
II Encuentros Europeos con el Arte Joven
“Julio Falagán”
La obra de Julio Falagán toma como punto de partida la pintura.
Pero justamente aquella que circula en la vida real y que él adquiere
comprando “cuadros-hechos” en los mercadillos. Falagán se apropia
de las escenas de caza, bodegones, marinas o paisajes convencionales
para llenarlos de objetos extraños que conviven sin dificultad
ayudados por anotaciones y leyendas.

Como pies de foto, o textos de viñetas, las anotaciones resuelven las sorprendentes relaciones entre los personajes autóctonos de los cuadros, y los invasores o recién llegados. Sus incisiones convierten el cuadro literalmente en una viñeta. En otras de las series Falagán también combina en collages iconografías que nunca debieron encontrarse. El repertorio de obras de pequeño formato que hemos escogido para Interzon@s’06 se presenta como una acumulación aparentemente caótica, pero necesita de una lectura atenta que recorra sus asociaciones.
Las frases que Falagán escoge para acompañar tales visiones también son frases hechas. La sonoridad de esas expresiones activa el mismo resorte del reconocimiento que las imágenes encontradas. Son ecos capturados del paisaje sumergido de los lugares comunes, expresiones e imágenes latentes que todos hemos visto y oído en alguna ocasión. La estructura del reconocimiento sirve de apoyo así a una complicidad con el espectador que se intensifica en las asociaciones sorprendentes y mezclas imposibles. La ironía de Falagán se muestra en esas asociaciones en las que siempre cuenta con el espectador como un agente implicado en el desdoblamiento de los significados y en los giros inesperados que recuerdan a los eslóganes de la publicidad o de los medios. Indudablemente la práctica desdramatizada de una pintura parásita aparece como un medio privilegiado (aunque no el único) para estas conexiones acompañadas del ruido de fondo de las palabras.
La pintura parece indisociable del arte para todo el mundo excepto para quienes se dedican al arte. Los periodistas más famosos de la televisión no tienen inconveniente en ofrecer como noticias culturales al final de un telediario una gran exposición de Rembrandt y otra de “la monja pintora” (religiosa que vende sus cuadros hiperrealistas con gran éxito en España). Ambas noticias hablan para ellos del arte. Pero en la práctica sabemos que no todos los pintores pueden considerarse artistas. O que el hecho de pintar no nos acerca más a ese extraño discurso que llamamos arte. En realidad, todo parece apuntar a esta asociación en la que el ejercicio de la pintura se recarga con el peso de una tradición y con una suerte de extraña mitología del artista. Las entregas de fascículos para aprender a pintar y dibujar no dejan de alimentar esta fantasía. Falagán no se sitúa tanto en la disputa sobrepasada por los tiempos sobre el papel de la pintura en las prácticas artísticas contemporáneas. Más bien, parece interesado en su supervivencia, a pesar de todo, en forma de mitología popular, al igual que los superhéroes del cómic que parecen adaptarse a los tiempos en sus versiones cinematográficas. La pintura sigue siendo el significante más visible del arte en los contextos ajenos al arte. De modo que puede combinarse sin miedo con la cultura popular.
El hecho de adquirir en el rastro las imágenes que sirven de base a sus obras le permite recuperar el tratamiento relamido de los paisajes y aprovechar las evocaciones sugeridas por su afectación pseudorromántica. Los “cuadros encontrados” presentan escenarios que invitan a la profanación, que se brindan como lugares que albergan historias delirantes como las que propone Falagán. Su obra se instala en los paisajes bucólicos, acampa de forma ilegal, pero consigue poner de manifiesto toda la afectación del gusto pictórico popular instruido por una persistente e inagotable idea del arte que discurre de forma independiente a los designios del circuito actual.
Estas prácticas encuentran otros referentes objetuales en las jaulas y cajas en las que Falagán nos muestra personajes procedentes del “todo a 100”. Los artistas pop habían explorado prosopopeyas semejantes y otros artistas como Antoni Miralda han hecho dioramas a partir de soldados de plástico. Pero en la obra de Falagán las escenas a pequeña escala hechas con materiales semejantes mantienen una conexión con los juegos asociativos entre diferentes iconografías de los objetos decorativos. Éstos, en su aparente inocencia, provocan un cortocircuito cuando les son incorporados elementos extraños. Con ello nos recuerdan que, a pesar de las tropelías de Falagán, los objetos ya eran extraños antes de formar parte de su obra. No en vano, los títulos de sus series como “rarezas”, “perturbaciones espaciales”, “terapias” apuntan a las vistas pintorescas que nos ofrecen los personajes y cromos que habitan nuestro entorno cotidiano.
Falagán parece jugar con las condiciones devaluadas de la imagen, de los objetos y de las formas pictóricas. La devaluación no es sino una forma de cultivo de la ironía sobre herencias inaceptables que generacionalmente han tenido que asumir los artistas como Falagán. En este aspecto nada tan saludable como sus desmitificaciones.

Víctor del Río.