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JOSÉ MARÍA HERRERO EN LA ISLA OCTAVA
«… En el desierto, el pintor José María Herrero ha visto muchas tardes acaecer los sucesos del tiempo. En los cuadros quedan, por una
filiación quizá más platónica que naturalista, los instantes que el pintor ha creído ver en la noche infinita y ante los que es infinita su
sorpresa, su asombro, persuadido más por los retornos providenciales del tiempo que por el paso de su fatalidad. Unos pescadores, o
las siluetas de unos pescadores, se dibujan nítidas en la batahola arremolinada de una materia fluida, informe, que es a la vez el océano
– el Atlántico sonoro de la Oda de Tomás Morales – y el océano de la memoria del que todavía no ha emergido el perfil decantado del
recuerdo. Un avión planea en el momento detenido de sus hélices sobre vellones y espumas que son nubes que pasan.
Un corazón graba el corte inciso de su forma sobre la corteza de un fondo tan en convulsión permanente como el crujir vegetal de aquella naturaleza indómita. Unos vencejos sobrevuelan otros fondos confusos. Unos toros se plantan en el albero informe, en la arena innumerable que las ondas del agua convierten en figura indefinida y fugaz. Unos paracaídas desciende de lo alto. Unos rostros…
«Y el hombre, fascinado por el prodigio inmenso,/ contemplaba el milagro.» El milagro en la Oda de Morales es el advenimiento de la aparición en las pinturas de José María Herrero…
… Para Borges, «la música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo. Esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético».
© Enrique Andrés Ruiz.