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Texto «Leche de pegar»

Leche de pegar
Javier Ferrer Alós. Enero de 2012
Me gusta mucho la del disparo de leche al coño. El gesto corporal de la modelo es perfecto con la acción que representa. Es una imagen atractor que se adhiere pero repele: la contraimagen buñueliana del cuento de la lechera (Cet obsucr objet du desir, 1977). El movimiento vertiginoso y el acierto de la figura es contradictorio: mezcla un alcanzable gesto de deseo, de abandono, con un presumible daño implícito: esa torsión forzada del cuerpo remite a lo que parece un disparo con diana. Es perfecta y espantosa desde el principio, y se mantiene en el tiempo. La potencia de la leche y el cubo hace muy frágil, adaptable, el cuerpo de ella. Es muy sensual. Los brazos abiertos, sin defensa, hace inevitable que se encienda como cruz su figura permaneciendo enigmática y poderosa la imagen. Anatómicamente transmite la acción que se representa (significante), portando un suceso dramático que invita a la reflexión. La dirección y sentido del movimiento del tronco, cabeza, extremidades y pelo se prolongan proyectados con el fotograma anterior de la escena que no se ve. Se equilibra la brutalidad de una narración demasiado explícita con una curiosa y cínica delicadeza formal, categóricamente femenina, que se intuye desde el primer momento y que hace muy atractivo – y deseante – lo que allí al final se dice y cómo se dirá: en la imagen lo fálico es preponderante y evidente, por su simpleza inherente, pero nunca está clara la respuesta femenina que, finalmente, queda oculta en la modelo. La intención es rotunda en lo masculino, muy presente sin verse (se halla fuera de la imagen, a la derecha ) pero el resultado en lo femenino, aunque se ve, nunca está claro. Cuando la imagen de la mujer es hecha por hombres, y en todas las ocasiones solo dirigida a hombres, nunca es el coño la diana, eso es el jeroglífico que supera, la naturaleza ambivalente de un color cambiante, lo que está cerrado a la vista por una sólida y pesada puerta de madera que solo expone un ojo de cerradura para el femenino secreto (la obra póstuma de Duchamp, su testamento); en este caso, y por regla opuesta, solo está convocado el auditorio femenino (y el otro género que se cuela viendo por la cerradura): la diana es el coño, no el culo ni las tetas que son protomasculinos. Y para rematar, aquél que no se ve, es reducido a la cascada de la leche que dispara, lo que propulsa, con bala de cubo lo que penetra. Por si no fuera ya suficiente, el azar o la intención, cuyo nudo es irresoluble y da igual, no puede evitarse en la imagen la mirada a la parte de la leche que no se dirige a su diana. Una parte de la leche ha tomado, de forma expresiva, una dirección desexualizada a derramarse, va en caída al suelo. Es una llamada de atención a los límites de la sensualidad, la peligrosa proximidad al “horizonte de sucesos” del agujero negro que todo lo engullirá. Hay un contrarrelato: la leche que se derrama está en el nivel de la calavera que la novia acarrea como espectro, pero aún así dentro, remarcada y como parte de la escena. Ahí hay dos consumidores de leche: el coño, al que se dirige la bala deseada del cubo propulsada con su leche y que sujeta el acogimiento exangüe de la novia, y la leche que se derrama para otro fin y que aprovechará la calavera, dentro de ella. Ahí aparece un relato paralelo, poderoso e inquietante, que habla de un excedente peligroso. No todo acaba yendo al sitio deseado, no toda la leche propulsa a la penetración del cubo que la modelo adapta en su acometida. No. Hay desvíos que al final ganarán la partida y que harán a toda la leche en derramada sin un coño que la propulse y sí una calavera que la degluta. El coño está invisible pero es el centro de todo el movimiento, todas las líneas se dirigen allí, un conocimiento exterior a la figura que es flechada por la leche responderá en cada observador; la calavera es visible y es inevitable presumir que solo le queda la leche derramada: anticipo del conocimiento que la novia alcanzará como resto, fuera de la centralidad de su coño. Ahí hay algo que se está derramando, que rebosa y que está determinando la escena: el exceso de leche, aquello que no cabe y que terminará transformando a la novia en su caída, desplomando el paraíso, la capilla sixtina y la creación: al fin y al cabo todo empieza y acaba en la novia, mientras haya leche que la sostenga…y un cuento de la lechera que la distraiga.
Vuelves a tus orígenes combativos, con suma delicadeza, claro está. No hay tanta distancia entre sacar un pelo de un plato de fideos o ver la mano femenina que extrae un tampón con flujo menstrual y dirigir un caudal descomunal de esperma al coño de una mujer, con el agravante que la punta de ese chorro propulsado es un cubo de metal trapezoidal que más recuerda un artilugio fálico de tortura medieval que el cubo del cuento de la lechera. Como siempre, en aquella repulsiva imagen doméstica y en esta intratable imagen, el preciosismo formal y compositivo hace que la primera se pueda colgar en un comedor y esta última en una escuela para astronautas (al final la envoltura, lo que tapa, el más fino lenguaje cultural, torna apetecible lo que descarnado, espontáneo y natural es obsceno y repulsivo: el horror baudelaireano a la forma silvestre que se oculta). Si las primeras estaban en lo posmoderno, como aquello que aún conserva cierto regusto minimalista por la oposición política, lo políticamente incorrecto como guía posmoderna, estas últimas de la novia están un paso más allá: en plena era de lo «pos», de la superación, se encuadran en un lenguaje pospolítico ya con un claro desdén a cualquier tentación a la provocación. Si las Basuras proseguían aquello, lo posmoderno, cuando aún se tildaba de «modernos» a los últimos distraídos, ahora la cosa se vuelve a centrar en lo que viene… que como medium muestras: mostrar más que decir puede inaugurar nuevos mundos, nuevos juegos, que la palabra no alcanza ni puede pretender (apud Wittgenstein); y lo que viene es una mezcla de Lacan, Marx, Hegel y Nietzsche, a lo Slavoj Zizek: la contraparte del fascismo poscapitalista omnipresente que se nos viene encima.