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María José Gómez Redondo.
Nuestra piel es un delicado tejido*
Mª José Gómez Redondo inició hace algo más de una década una trayectoria decididamente personal, que sin lugar
a dudas dota a su trabajo de una alta dosis de singularidad y al mismo tiempo de estabilidad. En efecto, los motivos y
los procedimientos formales se han mantenido constantes, sobre todo desde mediados de la década pasada. Podría
decirse que en este tiempo Mª José ha procedido a construir, en una continuidad que sorprende por su solidez, una
poética de los sentidos y de lo íntimo. En principio, sus propuestas se sitúan en un contexto próximo al relato
autobiográfico: desde el título de buena parte de sus trabajos hasta el hecho más relevante de que su cuerpo (y
especialmente su rostro y sus manos) es el sujeto y el instrumento de la mayor parte de sus obras.
Señas de identidad que aparecen en este catálogo**, que agrupa piezas realizadas entre 1999 y 2002 y que de alguna forma actúan a modo de revisión de su propio trabajo.
La experiencia de sí misma es una vía cada vez más asentada en la estrategia creativa de Mª José Gómez Redondo. De hecho su trabajo conecta con una gran tendencia del arte contemporáneo, que se plantea la experiencia estética como una vía que permite exponer y canalizar (pero sin exclusividad) la experiencia real y el complejo mundo de las relaciones emocionales. Consciente del carácter construido, objeto cultural por excelencia, de la fotografía, ella explora el componente originario y primario de la imagen como expresión y lenguaje que nos sitúa ante nosotros mismos.
En efecto Mª José Gómez Redondo trabaja sobre sí misma como medio para exponer un conocimiento del mundo, del complejo ámbito de los sentidos y su relación con el mundo. Experiencia inaugural que nos sitúa frontalmente ante la base de nuestra existencia y también de nuestro conocimiento.
Ella fotografía relaciones y no las cosas en sí mismas.
La fotografía, así entendida, es la presencia última de algo de una persona, de un lugar, de un objeto. Este algo es lo que concita y convoca la artista en cada una de sus imágenes, para hacer emerger un sentido visual que se aleja de las instancias culturales, legitimadoras, que están en la base de los discursos que estructuran y someten nuestros sentidos a un flujo perfectamente regulado.
La fotografía como práctica artística ha acumulado una gran herencia como herramienta que reduce la realidad y la refleja como en una pantalla. La fotografía, curiosa por excelencia, lo escruta todo, canalizando y formando la percepción de lo que nos rodea. Pero este impulso a veces es surcado por propuestas que abren una fisura en nuestros hábitos de conocer a través de la imagen y nos llevan a una profundidad que está en el origen de la fotografía, un impulso que tiene que ver con la imaginación y donde se insinúa la construcción poética. La fotografía entonces deja paso a un saber que pertenece a cada uno, donde el conocimiento, la información que aporta la imagen, conecta simultáneamente con la aparición de una sensación. Cada uno proyecta algo de sí mismo, identificándose con un aspecto cualquiera de lo que ve. Percepción narcisista por la que cada uno tiende a reconstruir el mundo a su propia imagen y conforme a su ámbito particular y subjetivo. Esta fotografía es memoria y evocación. Fotografía que se articula como un entramado de pequeñas impresiones, mínimas percepciones, reconocimientos particulares y complicidades.
Así pueden verse las obras de Gómez Redondo, como impresiones o huellas originarias. Sus imágenes como sudarios en los que la fotografía funciona como “pura inscripción” (P. Dubois). De lo que nos habla es de todo aquello de lo que no tenemos imagen aunque la intuyamos. “Lo desconocido es la imagen de lo que ha de venir, que ha de llegar, la imagen que viene” (M. Blanchot).
De un modo equivalente al proceso de impresión, en el que la imagen va apareciendo poco a poco, aquí se van desarrollando paulatinamente experiencias que están depositadas / impresionadas en la piel de nuestro cuerpo, en nuestros sentimientos, en nuestra sensibilidad.
Estos trabajos son como un álbum íntimo construido a partir de las asociaciones y el sentimiento de proximidad que imponen las imágenes y los objetos. Si el conocimiento de nuestra propia identidad sólo es posible por medio de alguna representación encargada de mostrárnosla, en la medida en que somos pura representación, seres de esencia última, desviada, mediada, representada (Nelly Schnaith), la propuesta de Gómez Redondo persigue justamente construir un acceso a ese conocimiento de nosotros mismos. En efecto, algo hay de todos nosotros en estas emulsiones de gran formato: la visión del otro como conocimiento de sí. De alguna manera el cuerpo es nuestro modo de estar en el mundo, y el lenguaje de los sentidos es nuestro vehículo de expresión y reconocimiento.
Cuando Mª José Gómez Redondo se autorretrata en todas las posturas posibles: anhelo, promesa, goce, placer, sueño, deseo,…, a través de sí, habla del otro. Todo autorretrato interpela al que lo mira, le incorpora. Una posición frontal donde la mirada domina la composición, un frente a frente que nos coloca como protagonistas con todo derecho (el yo frente a nuestro tú).
El autorretrato une (como señalaba al principio de este texto a propósito de lo autobiográfico) dos de los aspectos básicos del proceso de representación: el objeto y el sujeto.La fotografía se repliega sobre sí misma, es espejo y ojo simultáneamente. Vemos, pero al mismo tiempo nos reflejamos, en un proceso que nos incorpora necesariamente.
El rostro y las manos son los dos elementos básicos que vemos en estas series, centradas en el uso del autorretrato. Dos piezas claves del lenguaje de los sentidos que propone Mª José Gómez Redondo. El rostro expresa lo inexpresable. Es la ventana que nos conduce a un espacio interior cuya visión directa nos está vedada. El rostro ofrecido en autorretrato es un desafío que nos reta a encontrar una adecuación entre lo que conocemos y lo que desconocemos. Se nos invita a leer lo ilegible. Si como señaló Levinas, “el rostro significa el infinito”, en el acceso al rostro hay también un acceso a lo que nos configura íntimamente, inexpresable, impensable. Una experiencia inaugural que restituye la presencia verdadera de las cosas. De los dos componentes que definen la identidad en un rostro, los rasgos y los gestos, Mª José articula con el gesto todo un repertorio de los sentidos. El gesto en sus obras condensa y congela el sentimiento, propiciando la construcción de un momento en el que se acumulan las sensaciones. El gesto, así, codifica un sentimiento, lo expresa y lo canaliza.
Y si el rostro expresa lo inexpresable, las manos nos enlazan directamente con el conocimiento del mundo. Por encima de todo lo demás, la conciencia de existir se evidencia en el sentido del tacto. Las manos nos restituyen la presencia verdadera de las cosas: artificial, natural, construido, orgánico, animado, inanimado. La existencia como un ritmo que se activa con lo que nos rodea: las plantas convertidas en metafóricas venas que animan nuestra vida.
El rostro y las manos de la artista autorretratados en un ejercicio de introspección que nos introduce en un relato sobre la existencia, sobre los aspectos más inexpresables pero por ello fundamentales de nuestras ideas.
Como metáfora del mundo interior que nos abre con su propuesta, Mª José Gómez Redondo trabaja construyendo también un doble espacio en el marco de sus fotografías.
El contacto entre la piel y la tela, superponiéndose una a otra, velándose, configura una atmósfera con tal plenitud de significaciones que dota a sus imágenes de una gran carga emocional. Este mundo interior abierto en la superficie de la fotografía a partir de la superposición de planos, de la composición, del juego de texturas, está ligado al deseo de crear, transformar y llenar una experiencia existencial primera. Aquélla que nos habla, con un murmullo inaudible, de nuestros sentimientos.
Por Alberto Martín
* Esta expresión es de Mª José Gómez Redondo y se encuentra reproducida en el catálogo Impuros. Última generación, Comunidad de Madrid, Madrid, 1993, p. 23
** Este texto se publicó originalmente en el catálogo María José Gómez Redondo. Había dibujado, Junta de Castilla y León, 2003.