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Texto «Paisajes para un estado de ánimo» 2004

Por Estrella de Diego
Sin duda es verdad que no existen paisajes desiertos, ya que en el mero hecho de representarlos está implícita la presencia humana: alguien tuvo que habitar el paraje para dar cuenta del mismo a través de la foto, la pintura o el dibujo. Y es que todo paisaje es, irremisiblemente, un producto cultural: lo inventamos primero al congelarlo en la imagen y después, atrapados en la propia imagen vista, lo percibimos al verlo como los otros lo habían inventado.
Porque cada vez miramos a través de los ojos de la representación -de tan fuerte que esy no vemos lo que vemos, sino lo que una multitud de representaciones aprendidas nos fueron anunciando que veríamos. ¿Quién es capaz de sustraerse a lo visto y mirar con esos ojos inéditos que nada tengan que ver con las historias escuchadas? ¿Quién es capaz de salir de viaje sin un texto escrito de partida –consciente o inconsciente- sobre el sitio que se está a punto de visitar? O salir con dos textos más bien, pues en cada trayecto agregamos al anuncio de lo que vamos a encontrar lo que esperamos y ansiamos descubrir.
Así que, en el fondo, cada paisaje, en el momento de verlo, no es sino una curiosa combinación de memoria colectiva, recuerdo privado y deseo; un concepto a trozos que adquiere su coherencia en la representación. Cada paisaje es un collage de partes heterogéneas que provienen de tiempos y espacios disímiles y que adquiere su unidad encima del lienzo, sobre el lienzo, que termina por tener mucho en común con el espacio poético de Bachelard, esa necesidad de vivir allí, en el espacio construido, “entre las mismas líneas del grabado.”
De esto supo mucho Constable, quien en los primeros años del siglo XIX pintaba Carro del heno . Pintar era para él, lo escribió incluso, una manera de sentir y esta obra lo demuestra: se trata de un paisaje que en realidad existe únicamente en su memoria –o ni eso. Reproduce, tal y como los recuerda el autor, las riberas del río en su tierra de origen -East Anglia-, el paisaje que se atisbaba desde la ventana de la casa familiar. O ni siquiera refleja lo que se divisaba en realidad, sino los fragmentos a trozos que perviven en la memoria y que Constable decide reunir sobre ese lienzo que termina por ser una suerte de autorretrato, también en tanto retrato de una memoria colectiva. Quién sabe si la operación que Miluca Sanz decide llevar a cabo en esta serie no tiene bastante que ver con el juego de collage que lleva adelante el pintor inglés en su puesta en escena de paisajes del alma. A su modo Miluca Sanz ha recopilando pedazos de lugares vistos y los reúne atrapados en un espacio inesperado –tierra de nadie-, donde los segmentos de la historia vuelven a cobrar sentido, pese a tratarse en su caso también de un sentido narrativo cuyo secreto último pertenece en exclusiva al imaginario privado de la autora.
De este modo, Miluca Sanz va recortando fracciones de realidad y, tras manipularlas como hace con frecuencia el recuerdo, las retoca –eso lo hace la memoria también- y las repinta –como hacemos todos al contar la historia, cuando pasamos de la significación privada a la pública. Y convierte en imagen digital una fotografía y en un óleo esa imagen digital, constante metamoforsis, fabulosa cabriola, que combina de un modo sorprendente en el producto final tiempos suspendidos, instante fortuito de la tradición romántica, precisión de metereóloga y pasajes de la civilización –habitados-, igual que los que intrigaron de Constable.
Miluca Sanz mira las foto –o de esta manera la imagino yo mientras trabaja. Como Constable, odia seguramente la forma de pintar de los viejos maestros y cree en la copia del natural -por eso mira las fotografías que ha ido tomando en sus paseos o que otros han hecho, pues clausurado el Romanticismo la idea de la “originalidad” no tiene ya sentido. Y por eso guarda en su estudio ,como recordatorio, bocetos –fotografías -del natural igual que Constable. Y, como el pintor inglés, recupera lo especial de las cosas cotidianas, rescata lo poético en ellas; termina de pintar cuando los ojos han dejado de ver, plasmando en la pintura lo que no ve la retina, sino el interior –tal vez en los románticos hablarían del alma. Una cosa diferencia no obstante a una de otro: Miluca Sanz dice que no elige paisajes o arquitecturas con una significación específica para ella. Pero yo no la creo.