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texto “Mirada salvaje”

La mirada salvaje.
Rosa Olivares (1)
“Existe un durmiente fuego subterráneo en la Naturaleza que nunca se extingue y que ningún frío puede apagar”
Henry David Thoreau
(“Opúsculos y panfletos”)
Pocas veces un artista ha sabido definir su trabajo en tan pocas palabras y de una forma más clara: “arte teórico,
de conceptos claros, pero sobre todo sensorial, emocional y que desarrolle nuevas poéticas perceptivas”. Así
define Rufo Criado su propio trabajo. No deberían hacer falta más palabras, más ideas, más explicaciones, nada más.
Pero vivimos en un mundo en el que parece que nunca acabamos de comprender nada, todas las aclaraciones posibles son pocas. Sin embargo cuantas más explicaciones se dan, cuanto más se racionaliza, se etiqueta, se encuadra, menos entendemos nada. Cuanto más largo es un texto más se estiran las ideas esenciales hasta que desaparecen como si el propio papel se las tragara. Bastaría con no decir nada. Debería bastar con mirar, con saber mirar y poder ver. Que esa mirada sirviera de puente hacia nuestro interior, de aquello que captamos del exterior, aquello que nos interesa, lo que nos excita, lo que – no sabemos por qué- nos atrae.
Nada es más difícil para un escritor que definir con palabras la pintura, determinar con verbos, adjetivos, sujeto y predicado, lo que es, como es el arte. Pudiera parecer por la cantidad y la extensión de los textos actuales que nada es más fácil. Sin embargo sin caer en la poesía, sin caer en la historiografía, escribir sobre la obra de un artista, sobre la obra de arte, se convierte en un trabajo casi imposible. ¿Cómo abarcar el sentimiento, las experiencias del artista, su forma de ver, con palabras cuando él lo hace con colores, con gestos, con formas? Tal vez no habría que escribir de arte, no hablar del arte, tal vez sólo deberíamos experimentarlo como algo individual y privado. Pero ya hemos empezado a olvidar la belleza. La experiencia estética se ha vuelto simplemente intelectual. Los instintos los hemos aplacado y, entre unas cosas y otras, prácticamente domesticado. Ya en 1862, Thoreau decía “No es función de una verdadera cultura domesticar a los tigres, del mismo modo que no convertimos en feroces a las ovejas”. Las águilas enjauladas comen alpiste de nuestra mano, mientras los canarios vuelan salvajes como fieras carroñeras.
Cuando nos acercamos a la obra de un artista con la obligación de explicarla, las palabras son engañosas y, sobre todo, construyen una barrera que nos separa, nos aísla, de la obra. Wagner decía que no quería que le entendiesen sino que le quisieran. La obra de arte es autónoma, se basta a sí misma,  pues finalmente (y a pesar de todo lo escrito sobre la necesidad de comunicación, el papel social del arte, etc.,) es en su propia creación en la que tiene su razón de ser para el artista, una vez creada lo que pueda despertar en el espectador, lo que pueda generar en el terreno del mundo del arte, es algo no sólo imprevisible sino difícilmente abarcable y comprensible.
El trabajo de Rufo Criado, que conozco desde hace ya muchos años, sorprende por varias cosas. Una de ellas es su absoluta coherencia. A través del tiempo, no importa las tendencias que hayan estado en primera línea de mercado o crítica, Criado ha seguido trabajando en su obra a partir de sus propios planteamientos. Esto no quiere decir que ha sido sordo y ciego, todo lo contrario. Él ha estado siempre viendo lo que sucedía, siempre ha sido un actor importante en este mundo del arte, como profesional, ha visto, ha oído, ha viajado y sobre todo ha observado. Con todo este material, y desde su refugio cerca de la naturaleza, ha seguido trabajando en su obra, no en la de nadie más. Y eso es otra de las cosas que más destacan en la obra (y en la personalidad) de Criado: la capacidad de ver, de observar. Su mirada ha construido no solo una obra (algo que aún siendo importante, podría ser prescindible) sino una estructura de pensamiento, una forma de hacer, de comportarse, una forma de ser y de estar. Es una mirada salvaje. No confundiremos salvaje con violento ni con primitivo, sino que la asociaremos con libre, con autónoma. Se trata de una mirada limpia que se cierra sobre su trabajo como una herramienta afinada, que prefiere la vereda a las autopistas. Tal vez tenían razón los estudiosos orientales cuando decían que el artista necesita diez años para aprender a mirar, otros diez para aprender a ver, otros diez para empezar a manejar las herramientas y que solamente a partir de los cuarenta años el artista podía empezar, siempre bajo la mirada atenta del maestro, a pensar en un trabajo propio. Criado lleva años educando la mirada y preparando la mano, y en todo este tiempo no ha dejado de aprender de la vida, de la naturaleza, del mundo, del paisaje, de las cosas. Y todo esto se nota en este trabajo último que no es sino la consecuencia de todos los anteriores y de ellos mantiene estructuras y formas, renovadas y enriquecidas por sus experiencias y por la madurez que desborda la presentación, la humildad y la autenticidad de una propuesta formal absolutamente personal que ha sabido sobrevivir a tantos naufragios.
Sobre Rufo Criado se han escrito excelentes textos en los que importantes críticos han perfilado su trabajo de una forma rotunda. Han hablado de la importancia de su pintura, porque en esencia estamos ante la obra de un pintor, en la tradición de la abstracción contemporánea; de cómo su pintura se puede definir como sincrética por los aspectos formales que une las tradiciones pictóricas abstractas divergentes de la objetividad y subjetividad y, por otra parte como sintética en un plano conceptual y representativo tanto respecto al sentido y a los significados como en relación a la oposición natural/artificial. Se han mencionado a Malevich y a Mondrian para establecer analogías en su proceso analítico, por la reivindicación de un sentido del orden la semiótica de la pintura. Se ha recurrido a Frank Stella para hablar del sincretismo pictórico.
Es decir, se ha hablado de estructura interior, de la tradición intelectualizada de una abstracción que se sustenta en dos bases conceptuales: la objetividad y la subjetividad, divergentes y opuesta y a la vez recurrentes entre sí. Se ha establecido la fuerza del análisis formal e interno de un trabajo asentado en la observación y en la reformulación de una realidad subjetivizada.
Naturalmente, el color ha sido otra fuente básica de estudio en este trabajo cargado de colores que nos remiten desde el suprematismo al pop, sin olvidar la psicodelia por la acidez de algunos de sus trabajos “ácidas como la vida misma” según Criado. Sus estructuras geométricas han sido analizadas en profundidad, y por supuesto su utilización de las nuevas herramientas artísticas, como el ordenador, y la formalización plástica en fotografías, vídeos o cajas de luz también ha sido tratado en estos textos, destacando la importancia de los planos diferentes y consecutivos de trabajo: la observación, la creación y la fabricación. De cómo la mano utiliza la herramienta solamente después de que la cabeza – ¿tal vez el corazón? – desarrolle las bases de la obra.
Y se ha escrito de la importancia de la Naturaleza, de lo que de paisaje tiene este trabajo que  muchos, aquellos que se queden solamente en la superficie, tal vez cegados por el color y la luz, no alcancen a ver nada más allá de su primera piel. La palabra, los pensamientos sueltos de Rufo Criado, agarrados en una conversación con los críticos, en una entrevista, salpican estos textos, aclarando las cosas. Siempre lúcido, el artista simplemente habla sobre sus experiencias diarias, cuenta sus pensamientos de paseante. Son esas frases las que más nos acercan a su trabajo de una forma directa, atravesando como si fuera una puerta abierta, todo el análisis y la profundidad de los estudios críticos sobre su obra y su trayectoria.
“Como siempre y cada poco tiempo, tengo los ojos puestos en la naturaleza. Aunque vivamos en la era digital todavía es nuestro entorno y nuestro medio natural: formamos parte de los mismos ciclos temporales. Es apasionante apreciar las continuas transformaciones de lo que nos rodea, árboles, plantas, campos de cultivo, nubes… En marzo, cuando la tarde se vuelve oscura, la tierra arada tiene densidad de tierra, el verde se vuelve pardo tostado, el agua del río brilla como una cuchilla de acero y el cielo se transforma en silencio negro, caminar a esas hora es para  mí disfrutar de una atmósfera propicia para la clarividencia interior” (Rufo Criado, 2000, en el catálogo para la galería Lourdes Carcedo, Burgos).
La naturaleza está presente en su trabajo desde sus primeras obras, tanto pictóricas como escultóricas, tanto vídeos como cajas de luz, como fotografías. Líneas verticales que son árboles, horizontales que se rompen y se continúan como las líneas de un río. La primera asociación que se me ocurrió cuando empecé a pensar en la obra de Criado fue en las anotaciones de paseo de Henry David Thoreau, cuando afirma en la primera página de “Walking” (“Pasear”, José J. de Olañeta Editor, 1999): “Quisiera hablar a favor de la naturaleza, de la libertad y de lo agreste (…) Quisiera hacer una declaración extremista”. Thoreau es el paseante por excelencia, hombre rebelde y libre a partir de lo más esencial, que hace del camino en el bosque, de sus observaciones de la Naturaleza la excusa para plantear una actitud de rebeldía social  que busca la libertad del individuo y la recuperación de los valores más profundos del ser humano. En sus palabras vemos el brillo de la obra de Rufo Criado, y contemplando los trabajos de Criado suenan las palabras breves y rotundas, sin complejos ni prejuicios, del hombre, del sabio que fue Thoreau: “La vida coincide con lo agreste. Lo más vivo es lo más salvaje”.
Esta exposición hay que verla y sentirla, hay que visitarla como si fuese un paseo. Dejemos los análisis para después, incluso dejemos los análisis para otros. En fin, dejemos los juicios y los prejuicios, las palabras que se suceden sin eco y observemos la importancia de las cosas, recreémonos en la mirada del artista que ha traducido la naturaleza real en esta otra naturaleza artificial, el resultado de paseos innumerables, de observaciones felices, de anotaciones mientras vemos como las aguas de un río, de cualquier río, discurren silenciosas mientras la eternidad permanece.
Pero hoy en día pasear por la naturaleza solamente es una parte posible del paseo del hombre. La ciudad se ha convertido en otro bosque, lleno de otros árboles y de otros ríos. Saber observar las pequeñas cosas en este otro paisaje define al ciudadano del mundo, define al observador que no se agarra al pasado sino que sabe de la pervivencia de los sentidos, de su prolongación en cualquier  paisaje y, sobre todo, que sabe que es el ojo que mira y no lo que ese ojo ve, lo que construye el pensamiento. Rufo Criado muestra también una amplia serie (sólo una parte de la mucho más larga serie de imágenes que ha “cazado” a lo largo del mundo en sus viajes. Son fragmentos de líneas, planos que se rompen y se continúan, huellas de las personas, curiosidades que como hojas secas caen del árbol en el momento adecuado. Pequeñas piezas, nunca piezas menores, que muestran la agudeza de una mirada y la rapidez de una mirada acostumbrada a retener no sólo el tiempo sino las ideas. Fotografías sencillas que no pretenden ser nada más que lo que son. Pequeñas cosas en un mundo en el que las pequeñas cosas pasan desapercibidas. Pedazos de una vida en movimiento que han sido recogidas durante el paseo como aquel que recoge hojas muertas, trozos secos de una naturaleza que no se detiene. “El universo no es tosco, sino perfecto en sus detalles. La Naturaleza soporta la más escrupulosa inspección; nos invita a acercar el ojo  la más pequeña hoja y mirar de cerca al insecto. No está hecha de intersticios; cada una de sus partes está llena de vida” (H.D. Thoreau). Apreciemos las observaciones de Thoreau como metáforas del tiempo actual, imposible aceptarlas ya hoy en toda su literalidad, algo que ciertamente no pretendía ni siquiera en el momento de escribirlas, siempre fueron advertencias, señales en la oscuridad. Igualmente hoy debemos entender que la Naturaleza se nos ha escapado del campo y se ha transformado en una idea más amplia. Rufo Criado se detiene en el pequeño detalle del bosque, del terreno y de la ciudad, de la calle, mira la luz natural y la artificial, y sabe ver en el hombre el pequeño insecto que es, tal vez por eso está ausente de sus pinturas y de sus fotografías. Añadir a la exposición este conjunto de fotografías directas añade y complementa, amplia una obra ya madura y que poco a poco se redondea sobre sí misma cerrándose en una forma perfecta y natural. Thoreau  prolongaba la similitud entre la bondad y la belleza hasta bondad y salvaje. Salvaje es aquel que se sabe mover por sus instintos, aquel que sabe vivir en la Naturaleza, aquel que actúa según sus propios principios, “lo más vivo es lo más salvaje”. El producto final de la mirada de Criado es una elaboración singular, detallada, cuidada formalmente, pero la mirada con que mira el mundo es una mirada salvaje, capaz por sí misma de comprender que el viejo mundo está en este mismo mundo, que sabe percibir los detalles y diferenciar entre las cosas y sus significados, entre las formas y sus contenidos, entre las líneas y sus exigencias. Sólo una mirada salvaje puede seguir mirando y construyendo una obra de arte.

(1) © Rosa Olivares. Texto del catálogo “En la distancia verde”, publicado con motivo de la exposición en el CAB, Centro de Arte Caja de Burgos. 2010