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obra

Ángel Marcos, pese a haberse dedicado previamente a la fotografía profesional, no se adentra en el territorio
artístico hasta 1992, momento en el que con motivo de un encargo fotográfico acerca del Teatro Calderón
(Valladolid), Viaje por Teatro Calderón (1992), decide escapar de los férreos formalismos fotográficos para
adentrarse en la subjetividad de la fotografía artística.
En este momento el artista se plantea su posicionamiento profesional en el mundo del arte e incorpora a su trabajo
una dinámica diferente. Estas obras dejan patente el carácter escenográfico de las mismas y en ellas elimina, por
primera vez, lo vano y anecdótico tratando de evocar la memoria del propio lugar a través del testimonio de los
propios objetos y el espacio.
Obras como Estampas personales (1984) son claros precedentes de los cambios que su obra iba a sufrir, principalmente en lo que a escenificación de la realidad en detrimento de su documentación se refiere.
Ángel Marcos inicia una trayectoria artística centrada en dos conceptos clave: el territorio y su poder evocador de la memoria, y el viaje, entendido no sólo como desplazamiento físico, sino como indagación personal y toma de conciencia. Estas dos ideas sufren a su vez una evolución propia, no siempre cronológica, que se materializa en la ampliación de los horizontes espaciales. El punto de partida será su entorno más cercano, los parajes e historias de su Medina del Campo natal‚¬â€?el paisaje‚¬â€? pasando por un estadio intermedio en el que la figura de la persona y sus circunstancias toman protagonismo‚¬â€?lo humano‚¬â€? para finalmente llegar a un nuevo estadio en el que ambas, el paisaje y lo humano se funden en la Ciudad.
Paisajes (1997) y Rastros (2002-03) pertenecen a este primer grupo ligado al entorno más inmediato, en las que el artista protagoniza un reencuentro con la naturaleza, los rincones y hábitat de su infancia, iniciando un diálogo sincero con el paisaje y su pasado. De esta manera, en la primera de las series son los paisajes desolados, animales muertos, nidos vacíos o restos de comida encontrados los que, en forma de huella o rastro, le ayudan a recrear su memoria; mientras que en Rastros, es el propio artista quien, sirviéndose del mismo paraje como escenario, introduce objetos‚ baldosas, luminosos o flores, que le llevan a esa ansiada recuperación de su historia.
Los bienaventurados (1997), Obras póstumas (1999) y La Chute (2000) suponen la irrupción de la figura humana en su obra, y por primera vez son las personas las que, ubicadas en espacios concretos, remiten a realidades del presente y el pasado. Ángel Marcos elige para la narración de Los bienaventurados (1997) dos construcciones abandonadas a modo de escenario, donde retrata a prostitutas, niños o ancianos enajenados, que no hablan sino de la pobreza, lo grotesco, la tristeza, la crueldad y la exclusión, obligando al espectador a reflexionar sobre todo lo que pese a existir, permanece invisible ante la mirada del ser humano.
En Obras póstumas (1999) por el contrario, sustituye la escenificación por la inserción de fotografías de personas que, reflectadas en pantallas, son introducidas en espacios físicos reales relacionados con la propia narración; mientras que en La Chute (2000) son las propias personas y los problemas sentimentales de pareja las que toman todo el protagonismo y, de esta manera, el espacio constituye un mero elemento de contextualización.
Estudiado el espacio cercano‚ el paisaje y la persona‚ lo humano, en relación a su capacidad para recrear la realidad, Ángel Marcos termina por encontrar en la ciudad un marco ideal donde ambos conceptos se funden para reflejar las mismas constantes presentes en obras anteriores, y de este modo Alrededor del sueño (2001), En Cuba (2004-06) y China (2007), son las tres series en las que el artista amplifica el territorio a explorar con su cámara fotográfica.