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ficha

(Valladolid, 1977)
Lo cotidiano puede verse como un suceder de acontecimientos regido por la costumbre. Así entendido, haría
referencia a pautas y a ritmos, que, rigurosamente, no tendrían por qué estar oscurecidos con tintes negativos.
En cualquier caso, todo indica que lo cotidiano constituye un ámbito sujeto a la más estricta subjetividad. De ahí,
lo cotidiano se asocia con la familiaridad y la naturalidad; permite marcar unas coordenadas y unas referencias
con las que se construye lo que de habitual tiene nuestras vidas.
La subjetividad antes señalada matiza lo que de neutro encierra buena parte de los conceptos desgranados: sólo aquella hará de lo cotidiano algo aburrido o gratificante, de la costumbre algo tedioso o, por el contrario, un escenario investido de seguridad, y de la familiaridad algo carente de proyección o una situación que ayuda a leer con mayor facilidad las claves del entorno. Una u otra lectura vendrá filtrada por las ilusiones, las expectativas, los deseos y los anhelos que cada cual deposita en aquello que le rodea.
Atendiendo a estas premisas, la cotidianeidad vendría a constituir el bajo continuo sobre el que se desarrolla la obra de Ruth Gómez. Al hilo de la subjetividad, tal vez sería más adecuado hablar de la forma en que Ruth Gómez gestiona su propia percepción y elección de lo cotidiano; ha sido la evolución de esta apreciación la que ha ido aportando giros y matices a su trayectoria. Licenciada en Bellas Artes, aborda una primera etapa como profesional en el ámbito del diseño gráfico y la producción audiovisual, que compagina con el inicio de su propia actividad artística. Sus propuestas iniciales muestran una línea estilística que, hasta la fecha, caracteriza distintivamente su producción: dibujo preciso y gama cromática reducida al rosa y al gris en sus elementos constitutivos esenciales, el uso de técnicas y dispositivos digitales y la animación como vehículo de construcción de relatos, todos ellos deudores, en mayor o menor medida, de los lenguaje del videojuego, la publicidad y el videoclip.
La cotidianeidad antes aludida se manifiesta en diferentes órdenes en sus tres primeras series, de componente poderosamente visual, todas ellas fechadas en 2003. El asesino de su persona, Te sobrealimentas y El artista de la vida moderna hablan de insatisfacción, pero también de inseguridad, trasladadas al ámbito del trabajo –alienación, nula creatividad, aburrimiento-, el cuerpo –apariencia, enfermedad, incomprensión, canon- y el arte –crítica, personalidad, criterio, libertad creativa, precariedad-. Bajo todo ello, un relato fragmentado de tinte generacional sobre una cotidianeidad que bascula entre el desencanto y los anhelos incumplidos y los deseos y visiones por cumplir.
En 2003 obtiene una beca de creación del Musac (León), al hilo de la que emprende un proyecto centrado en su propia trayectoria como creadora (Ruth Gómez, made in Musac), que puede entenderse como una deriva de la anterior El artista de la vida moderna. Mediante un catálogo literal de sus propios gestos y actitudes, articula una especie de diario sintético que deviene en un retrato multiforme a través del que formaliza, desgrana y analiza sus aptitudes, su lugar en el campo artístico, los obstáculos y los frenos. De este modo, insiste en traer al centro de su producción su propia cotidianeidad como artista, que podría entenderse como una especie de naturalismo por su interés no sólo por la expresión directa de la vertiente estrictamente creativa, sino por dejar patentes sus vinculaciones y desavenencias con el sistema que lo articula –crítica, institución, mercado- y con su relación con otros ámbitos genéricos en que aquel se inserta.
El proyecto Animales de Compañía (2005) supone un importante giro en su trayectoria. Base de sus primera exposición individual (galería Oliva Arauna-Madrid, 2005) en él parece tomar distancia de sí misma, trasladando su foco de atención hacia un heterogéneo universo de personajes en los que sintetiza su personal percepción de lo cotidiano, entendido ahora en clave social y colectiva. Violencia, sometimiento, jerarquía, ausencia de solidaridad, lucha y negación del otro, escenificadas en un diluido pero indisimulado contexto selvático, constituyen las líneas de fuerza a partir de las que establece un variado número de escenas, secuencias y relatos, que formaliza a través de un amplio repertorio de formatos: dibujo, libro, animación, vídeo. El desencanto, más que un tema sobre el que reflexionar, se convierte definitivamente en una actitud a la hora de abordar la creación. Si en series anteriores pudiera entenderse que su obra daba cabida a una suerte de reivindicación de los agredidos, Animales de Compañía, como correlato al signo de los tiempos, amplia su visión pesimista, eliminando cualquier distancia o distinción aparente entre agresores y violentados, víctimas y verdugos. La técnica y su estilo definido contribuyen, a su vez, a enfatizar el lado oscuro y perverso de lo que se nos muestra. La intensidad de sus secuencias animadas está presidida por la velocidad a la que ocurre la acción, sometida al ritmo de un indisociable ambiente sonoro. La trepidación y la mezcla indiferenciada se convierten en elementos transversales a las situaciones de violencia que con mayor o menor grado de explicitud se nos ofrecen. El uso local, acotado y delimitado de una escueta paleta de colores planos, intensificado mediante su tratamiento digital, no persigue caracterizar rasgos o definir individualidades, sino subrayar actitudes y comportamientos. En ese sentido, el cromatismo aporta inquietud al espectador que contempla, enfrentado a la escenificación de una cotidianeidad alcanzada por claves siniestras.
Con Animales de Compañía, Ruth Gómez estará presente en diversos proyectos colectivos relacionados con nuevos usos de la animación: Animation Adventure (Musac, 2005), Historias animadas (Caixa Forum –Barcelona-, Sala Rekalde –Bilbao-, 2006), Contos Dixitais (CGAC, 2007), Planes Futuros (Baluarte de Pamplona, 2007), Celluloid Dreams (The Eagle Theater -Nueva York- 2008) entre otros.
Si bien en Magic mirror’s slaves (2007) persiste en su trabajo alrededor de determinados aspectos negativos de la sociedad contemporánea –en este caso, el narcisismo y las apariencias- la explícita referencia al espejo que empleara la madrastra de Blancanieves en la película de animación de Disney apunta a nuevos derroteros en la trayectoria de Ruth Gómez. Este cambio de rumbo no se dirige tanto al establecimiento de nuevos frentes de denuncia o reflexión, sino que apunta hacia un amplio concepto de la fantasía como fórmula de escape o, cuando menos, vía para la contención y transformación del desencanto. Tras transitar por escenarios de lo colectivo, retorna a su propia experiencia, ahora más íntima, estableciendo una clara distancia entre los universos que anteriormente poblaban su imaginario y la función –más ligada a sí misma- que a partir de ahora parece tener su obra. En este sentido, sin renunciar a sus enunciados formales, el sentimiento y la ilusión pasan a ocupar el centro de su producción, en un acercamiento desde posiciones diametralmente distintas al mundo del deseo y las expectativas. El caleidoscopio, instrumento del que toma el nombre para una obra producida en 2009, que habla de una visión múltiple, polimorfa y cambiante que altera plásticamente la visión cruda de la realidad, sustituye al espejo del cuento infantil como dispositivo que refleja mecánicamente el mundo exterior. Como señala la artista “el mundo real quizás es menos importante que el mundo que necesitamos”.
De caleidoscópica podría calificarse su segunda exposición individual en Oliva Arauna, donde en 2010 presenta el proyecto Las ilusiones fantásticas. De nuevo múltiples formatos –incluidas sus primeras propuestas objetuales- que hora remiten a la fantasía y a la ensoñación. Las propuestas narrativas del cineasta francés Georges Méliès, la magia, los trucos, la ciencia ficción y los efectos especiales –referencia con que titula la individual que celebra en 2007 en la galería Mario Sequeira de Braga (Portugal)- se convierten en lugar común de obras como Alehop (un bodegón abocado a ser engullido por un agujero negro), La máquina de las maravillas (un dispositivo para elegir el modo de ser teletransportado a otros mundos y tiempos fuera de la galería), Cariño (viaje sin retorno a un paisaje difuso y sin aristas) o la propia Caleidoscopio (sumergirse en un beso eterno a ritmo de loop). La denuncia al desencanto y el desencuentro con el mundo moderno queda sustituida por una propuesta armada a partir de la ilusión, pero también de la evasión y el escapismo, fórmulas para la recreación de otros espacios, de otros mundos ficticios que nos liberen de la cotidianeidad.
Por Ángel Gutiérrez Valero
Mayo de 2011