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ficha

JULIO MEDIAVILLA (Valladolid, 1964)
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Vaciado y modelado, resina de poliéster, técnicas cerámicas, repujado
de metales, escultura en hierro, perfomance. El listado recoge sólo una
porción de las disciplinas y materias que constituyeron el proceso de
formación como artista de Julio Mediavilla a lo largo de la década de los
ochenta del siglo pasado. Por encima de cualquier otra, la consideración
más destacada tal vez haga referencia a la atención al oficio y a la importancia
dada a la técnica, a las capacidades para hacer.
No resulta extraño que en sus primeras obras y muestras, destaque el trabajo en dos medios en los que ambos conceptos primen, inicialmente, por encima de cualquier otra consideración: la cerámica y la forja. De 1990 es un gran mural cerámico, Viaje alucinante a un espacio efímero. En él, una figura humana –tema e icono que desaparece pronto en la imaginería de Mediavilla- aparece precipitada en un vórtex espiral. Las referencias textuales al espacio y a lo efímero nos hablan de algunas de sus constantes materializadas posteriormente en series como Fronteras, un concepto que aparecerá en varias ocasiones a lo largo de su carrera.
Más interesante, por su calado, es su experiencia con la forja. Con sendos trabajos en hierro obtuvo el Premio de Escultura de Artes Plásticas para jóvenes de Castilla y León en las ediciones de 1991 y 1992. Se trata de obras potentes y duales en sus planteamientos y resultados. El hierro y su tratamiento nos hablan del dominio del oficio y la técnica. Su configuración formal señalan su atracción más por la caracterización de un espacio, que por cuestiones como la masa y el volumen que podrían desprenderse ante la presencia de piezas de una geometría muy definida y de pátinas y tratamientos matéricos muy directos en su superficie. Más importantes son las relaciones entre las partes y los elementos que las conforman. El título, Frontera, habla de separación, pero también de la existencia de, cuando menos,  dos elementos que se relacionan en sus inmediaciones, indistintamente en términos de alejamiento o de proximidad. Dos contundentes contenedores de hierro habilitan un espacio vacío entre ellos. El interior de ambos se colma con pequeñas piezas de cristal. La relación entre una materia frágil y fragmentada –el vidrio- y otra sólida –el hierro- se concreta no sólo en términos de contención, sino también de protección.
A mediados de la década de los noventa constituye junto con el también escultor Rafael Magro el Colectivo Tropo, que expondrá sus propuestas en diversos espacios castellano y leoneses en 1997 y 1998. Su propuesta plástica experimenta notables transformaciones. El uso de materiales como el caucho y el aluminio matiza el aspecto artesanal, ahora de un tinte más industrial, de tonos más fríos y objetuales, lejos de la inmediatez escultórica de las piezas en forja anteriores. La homogeneidad plástica que inferían volúmenes y masas ahora se ve sustituida por la fiabilidad del montaje de estructuras, tramas y retículas que, a su vez, permiten su aligeramiento. Se mantiene, no obstante, aquella combinación y contraposición dual que terminaba expresándose en términos de protección. Ahora el caucho, de otra ductilidad y naturaleza orgánica que el hierro, presta su aparente calidez y flexibilidad para gestionar sus relaciones estructurales con las piezas industriales de aluminio y con el vacío, que, a diferencia de la época precedente, adquiere un protagonismo constructivo y ordenador más evidente. En este sentido cabe señalar el aparente dominio de las obras de pared, frente a las de suelo, que permiten complejizar el uso del vacío, aparte de incluir otros elementos significantes en la composición final de la obra, como la proyección de sombras, en un juego en torno al dibujo que, de nuevo, cobrará otra dimensión en propuestas posteriores. Una lectura no meditada de sus obras llevaría a alinearla con planteamientos estrictamente minimalistas. Pese a la importancia del vacío y el uso significante del medio en que se apoyan y sostienen, no son obras que persigan una teatralidad específica, más notable, posiblemente, aunque no determinante, en sus obras de hierro. Al contrario, encierran una vocación narrativa que, con una dimensión que no desatiende aspecto de índole afectivo, se hace claramente explícita en la importancia que adquieren los títulos de las obras: La Fuerza de los Débiles, Conflicto, Frente a la Duda, Tolerancia, Desvelar la Trama, La Voluntad del Nómada son sólo algunos ejemplos de la capacidad evocativa que encierran, y de una dualidad entre lo personal y unas aspiraciones de tinte político que se harán mucho más evidentes en años posteriores.
La progresiva desmaterialización de su escultura, uno de los rasgos más relevantes de su trayectoria, alcanza su máxima expresión con la adopción del hilo nicrón –una resistencia eléctrica- como material esencial para sus creaciones coincidiendo con el cambio de siglo. En estos primeros años de la nueva década presenta sus primeras exposiciones individuales (Me das calor (2002) en las Galerías Caracol de Valladolid y Tráfico de Arte de León) Sin bien colonizan definitivamente la pared, en detrimento del suelo, no desecha el desarrollo de proyectos de máxima expresión espacial –destaca la obra Autómata que presenta en 2003 en La Ciudadela de Pamplona- En cualquier caso, la aplicación programada de una corriente eléctrica permite que luz, movimiento y sonido contribuyan simultáneamente a la ambivalencia de una obra que comparte a un tiempo concepción escultórica –tridimensionalidad y espacialidad-  especificidad pictórica –color y forma-, naturaleza dibujística –sutileza y levedad de la línea y el arabesco- y dimensión musical –cadencias sonoras.
La energía, un concepto de clave procesual muy presente a lo largo de su carrera, establece un nuevo escenario de comprensión y visibilidad. La idea de metamorfosis de sólidos resultados matéricos que acompaña la elaboración y la transformación de hierro, caucho o aluminio se ve sustituida mediante el uso de energía eléctrica por la incandescencia, un proceso en el que la materialidad que se asocia a la escultura queda desplazada por alusiones directamente concernientes al par visibilidad/invisibilidad que  adquiere una convincente potencia conceptual. La inclusión de textos, signos y símbolos –banderas, pistolas- en momentos posteriores incluye un nuevo giro, ahora lingüístico, que incide en cuestiones de lectura política que, más allá de su aparente naturaleza etérea y efímera, anclan las obras a contextos de denuncia de una actualidad absolutamente contemporánea. Sus resultados pudieron verse en la segunda mitad de la década en una amplia itinerancia (2005-2008) bajo el título Tiempo Incandescente.
La repetición derivada de la cadencia programada que activa las obras introduce una especie de patrón de cariz pedagógico que ayuda a destacar, en su aparición y desaparición, los mensajes que explícitamente portan las obras, en una solución que da una vuelta de tuerca a otros sistemas de transmisión de mensajes que, como la publicidad, emplean la reiteración sincronizada como fórmula para alcanzar sus fines, extremos que parecen intuirse en la adopción de la palabra Dogma como título para la individual que celebró en 2007 en la Galería Benito Esteban de Salamanca.
Ángel Gutiérrez Valero