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ficha

JULIÁN VALLE (Aranda de Duero, 1963)
Miembro fundador en 1985 del colectivo burgalés A UA CRAG, al que
perteneció hasta su disolución en 1997, desarrolla una primera etapa
estrictamente pictórica con una figuración marcadamente expresionista,
de trazos desgarrados y violentos, opresiva por el modo en que ocupa en
su totalidad el primer plano de unas composiciones muy movidas en las
que dominan ordenaciones a partir de espirales y aspas.
En la segunda mitad de la década de los ochenta aborda la escultura, actividad que continuará desarrollando durante la década siguiente. La meticulosidad y la minuciosidad figuran como dos claves esenciales en el modo en que trata y combina la fragilidad y la ductilidad de materiales como el mimbre, el hueso, la cera o la inclusión de objetos de naturaleza dispar como el cabello humano o herramientas y otros objetos. En cualquier caso, estos primeros tanteos hablan de una obra que presta especial atención a un horizonte primigenio en términos de elaboración –trabajo de carácter artesanal en el tratamiento del mimbre, la presencia de herramientas como el taladro manual-, composición –la evidencia de la naturalidad de las texturas y las propias materias- y, sobre todo, el interés por el contacto directo con una naturaleza esencial, que se traduce en la recolección del material de trabajo –piedras de río en Pavimento (1988), el mimbre de Barca o Nido Blanco, ambas igualmente de 1988, entre otras, o la poética del objeto encontrado en otros ejemplos como Sello o una serie de obras tituladas genéricamente Caja- así como en el apego a un trabajo manual que destaca las cualidades intrínsecas de los materiales y en las referencias simbólicas que se derivan de la propia configuración formal de las obras: círculo, estructuras cerradas que semejan vainas de connotaciones orgánicas que aluden a funciones protectoras, incluso el uso de la cera o los excrementos animales como materias que recubren, aíslan y protegen, etc. Destaca el uso y el tratamiento de la madera, troncos de árboles como el roble o el olmo, que ponen en evidencia la importancia dada a la significación del proceso mismo de elaboración. Trabajo pausado, sistemático, directo y próximo que en la tarea de devastación de los troncos asemeja un proceso no tanto de descubrimiento como de desvelamiento del interior de la materia; la labor se convierte en una especie de viaje de retorno que habla indistintamente de germinación y devolución al seno de la tierra, que habilita el interior no como lugar que encierra una suerte de conocimiento, sino como espacio de salvaguarda que inicia y propicia ese viaje de regreso a la naturaleza. Esta referencia velada al modo en que se habita y se pertenece al lugar, comenzará a suplementarse por la inclusión paulatina de una pintura sutil y esencialista, casi caligráfica en su materialización, estrictamente paisajística, que, en su inmediatez representacional remite a una memoria sentimental privada. Estas obras constituyen la base de sus primeras exposiciones, tanto los proyectos colectivos que desarrolla en el marco de su colaboración con A UA CRAG, como sus primeras individuales: Tiempos del sueño (Galería Siboney, Santander, 1991) y La fraternidad de la penitencia (Galería Rita García, Valencia, 1991)
Si bien la pintura irá adquiriendo progresivamente un protagonismo exclusivo en su producción, durante la primera mitad de la década de los noventa la actividad escultórica sigue muy presente en su trabajo. La Presa (1993) y Viaje al agua más alta (1996) hacen referencia directa a un territorio que se concibe como materia dúctil para una reflexión extensa acerca de la inscripción de la memoria. La reproducción tridimensional de espacios geográficos castellanoleoneses reales, que presentan como denominador común una alta cota de despoblamiento, le permite convocar en una misma imagen referencias a las huellas físicas de un tiempo que no se percibe únicamente a escala humana, pero también a la soledad y a una ausencia –la del hombre- que supera su simple condición melancólica. En cierta forma, si bien con otros matices, estas inquietudes quedan reflejadas en los trabajos en gres que inicia en 1996, que darán como resultado una serie de pequeñas maquetas de casas tradicionales de Castilla agrupadas bajo el nombre genérico de Al nombre del lugar. Evocando en su origen y escala las dimensiones de un cráneo, las viviendas, realizadas como arrancadas del terreno en que se han estado ubicadas, no se prestan a una interpretación en clave de desarraigo y abandono, sino como morada persistente y acogedora del alma.
El paisaje, meditado y aprehendido, constituye, como se ha señalado, el eje central de su trabajo pictórico, actividad prácticamente exclusiva desde mediados de la década de los noventa. Geórgicas (1996), El centro es un lugar desierto (1997), Ningún vestigio de la lluvia última (1997) son los títulos de algunas de las series que repiten con mínimas variaciones los rasgos de su personal estilo: reducida paleta de color, limitada casi exclusivamente a rojos, ocres y amarillos, pequeño formato, que facilita ver sus cuadros como densos poemas extraídos de la vivencia directa del paisaje, la ausencia de la figura humana, sustituida, como se ha dicho, por el interés por las arquitecturas abandonadas, concebidas siempre en un momento ambiguo a medio camino entre la ruina y la reintegración en el medio, la simbología del relieve, en apariencia inmóvil, pero igualmente convocado en su condición de presa del tiempo que enfatiza, en última instancia, un canto a lo frágil, lo leve y lo efímero.
Consecuente con sus inquietudes, Julián Valle gusta de hacer evidentes sus rastros, las vías emprendidas y los caminos transitados. Signo de ello son sus cuadernos de pintura, donde el paisaje queda recogido a partir de la esencia de sus propios materiales, como demuestra el hecho de emplear en ocasiones como pigmento los frutos que encuentra en sus recorridos. Buena parte de ese material servirá posteriormente de base para series como Iluminaciones (2001), El otro lado (2003), Estancias (2004) o Ausencia (2009).
En otras como Toponimia (2008), Viaje de invierno (2008) y La piel como un río (2010) mantendrá un interés nunca debilitado por evitar el olvido de la tierra. Mapas topográficos, nombres de parajes, curvas de nivel sirven de guía, fondo y soporte en que parecen insertarse, como en un itinerario, algunas de las obras más recientes, en las que sigue quedando patente su atracción por una pintura que se muestre, aunque discreta y efímeramente, como testigo, vestigio y huella del lugar y su experiencia.
Ángel Gutiérrez Valero