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ficha

Carmen González (Salamanca, 1973)
Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca (en la especialidad de pintura), también se ha doctorado en Filosofía
(por la rama de Estética) en esta misma Universidad, con una tesis que versa sobre el uso del tiempo en la creación artística.
Tras un periodo de residencia de dos años en Estados Unidos, se ha zambullido en la investigación de los llamados “Estudios Visuales”,
así como en el estudio de las relaciones entre arte y sociedad, indagando en otras fuentes interdisciplinares, como la Historia de la
cultura, la Teoría de la imagen, o la Comunicación Audiovisual, etc. En esta incursión académica, además de como creadora plástica,
ha realizado también diversas investigaciones como teórica del arte.
De igual modo, su periplo vital y su periodo de formación le han llevado a trabajar en distintas ciudades, y a realizar en ellas estancias
de investigación que han resultado esenciales en la maduración de sus proyectos artísticos. De este modo, y tras finalizar sus estudios
de licenciatura en Bellas Artes, la autora ha residido en Chicago (con la beca del Center for Interdisciplinary Research in the Arts, en
Northwestern University, Evanston, Illinois), en Seúl (con la residencia en el programa de artistas visitantes del Changdong National
Art Studio / Museum of Contemporary Art) y, finalmente, en Oviedo (Asturias), donde actualmente reside y donde imparte igualmente
docencia en estudios superiores de diseño.
En esta comunidad autónoma también ha recibido becas y ayudas para desarrollar diversos proyectos artísticos, como la beca de creación artística de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias para el Museo Barjola o la beca “Al Norte” de ayuda a la creación.
Esta artista se ha movido indistintamente en distintos territorios disciplinares, como el dibujo, la pintura, la escultura y, por extensión, la instalación. De hecho, en muchas de sus exposiciones, ha combinado más de una técnica al mismo tiempo para culminar conceptualmente sus proyectos. Sin embargo, esta hibridación de medios técnicos y recursos plásticos no resulta en absoluto gratuita. En la evolución tanto de sus obras como de su discurso apreciamos una coherencia inquebrantable en el imaginario que nos propone, independientemente de la disciplina que utilice. Aún sí, la práctica del dibujo se ha ido convirtiendo en la base germinal por excelencia sobre la que consigue proyectar sus formas y donde adquiere pleno sentido el carácter espacial y dialogal que desarrollará posteriormente en el resto de sus series e instalaciones. Porque, más que una herramienta auxiliar, para esta artista, el dibujo constituye ya per se un fin en sí mismo; le resulta suficientemente expresivo como para dar la forma final de presentación a muchas de sus obras. En sus diversas series de dibujos (como en la titulada “Invertebradas”), combinados ocasionalmente con el collage, el trazo preciso y el acabado minucioso nos invitan a una contemplación detenida. Sus imaginarios particulares surgen pues de forma primigenia sobre el papel antes de habitar otros soportes como la pintura o la instalación.
En ellos podemos apreciar la expresión de una intimidad y un imaginario que, desde una postura femenina y feminista, plantea al mismo tiempo una reflexión crítica y poética sobre el mundo que le rodea. Para ello, a menudo Carmen González reactualiza algunas narrativas centradas en seres mitológicos clásicos, como Ícaro, Medusa, o sus mujeres pez (revirtiendo el fenotipo canónico de la sirena). Mediante la reapropiación de esos imaginarios, la artista incorpora en sus trabajos ese plus dialéctico de las vidas de héroes o monstruos de la tradición griega que ahora se encuentran insertos en el mundo contemporáneo. Introduce así el tiempo histórico en las vidas de estos seres que, por su condición, sólo pertenecían a un tiempo mítico. En algunas de sus series adivinamos otros finales posibles para esos personajes clásicos, donde la autora ha reinterpretado y prolongado las historias inconclusas de algunos de los grandes relatos de la Antigüedad.
Pero más allá de lo aparentemente pudiera parecer ilustrativo, las metáforas visuales que la artista construye con esos seres mitológicos reflejan en realidad estados psíquicos del ser humano. Aunque la representación de estos personajes no la podamos calificar como autobiográfica, sí que se va a constituir en mediadora para expresar aspectos íntimos de la propia personalidad de la autora. Se convierten en metáforas de las emociones, a menudo contenidas y encapsuladas, que no pueden ser manifestadas a través de ninguna otra expresión gestual directa del cuerpo ni del rostro. Son más bien emociones íntimas que reflejan estados de ánimo y situaciones vitales en las que uno puede sentirse distinto, incomprendido o desubicado sin que el resto del mundo lo note. Las propias sensaciones vitales de la artista se proyectan en estas obras, dando forma a conceptos tan abstractos como la ansiedad, la soledad, la opresión, la debilidad o la sensación de sentirse perdido, desvalido e inseguro ante un territorio que nos dominamos y que a menudo nos resulta hostil.
En las obras de Carmen González adquiere una gran relevancia la elección de los materiales, pues, a través de ellos, consigue expresar significados metafóricos incorporados a las formas, añadiéndoles a las superficies una capacidad evocadora singular. Los recursos de los que se sirve son en este caso algo más que los meros procedimientos artísticos al uso. La elección meditada de un determinado material supone para la artista encerrar dentro de él algún tipo de significado que cobra importancia en su relación directa con la forma. El diálogo entre las formas que presentan sus obras y los materiales con los que consigue dar a luz a esas formas conforman un todo indisociable de significados. Incluso, en ocasiones, el propio material puede llegar a determinar también el tipo de forma y el acabado que puede adquirir un determinado proyecto. La autora se deja seducir así por superficies tan sugerentes como la madera pulida, o por técnicas tan dúctiles y delicadas como la cerámica. En esa combinatoria singular de materiales y formas, el trabajo manual adquiere también para la autora una importancia singular. La incorporación consciente del factor artesanal en sus proyectos resulta pertinente para que el acabado formal de los recursos empleados incorpore un plus poético y conceptual que logran transmitir las superficies cuidadosamente pulimentadas de sus obras. Como hemos apuntado, la artista gusta de la experimentación y la hibridación entre disciplinas y materiales (pictóricos, escultóricos, e incluso textiles) que normalmente no suelen aparecer juntos entre sí en la plástica contemporánea. De hecho, muchas de sus esculturas en madera se presentan patinadas y pintadas con óleo o acrílico. Ese maridaje interdisciplinar va a resultar una parte esencial para dotar de contenido a sus personajes, dándoles un hálito vital a sus creaciones a través del cromatismo, que de otra forma no conseguiría.
Además de ese uso híbrido de los materiales que utiliza, como recurso plástico, la artista juega también frecuentemente con la idea misma del híbrido para dar forma concreta a sus creaciones y personajes. Así, sus mujeres-pez, sus ojos-pierna o sus mujeres-cubertería, por poner sólo unos cuantos ejemplos, le ayudan a plasmar las sensaciones inquietantes de aquellos seres que, de alguna forma, se sienten fuera de lugar. Son especimenes extraños que a su vez se extrañan ellos mismos del entorno que les rodea. Son al mismo tiempo observadores y observados, extraños en un mundo al que no pertenecen.
A lo largo de sus series, Carmen González ha utilizado con asiduidad una suerte de “encapsulados”, bien mediante tarros de vidrio, tubos de ensayo, cajas de cristal o bolsas de plástico transparente, como elementos de preservación para aislar a sus personajes (ya sean híbridos, fragmentos de cuerpos humanos o de formas vegetales) del resto del espacio que habitan. Este recurso ha sido utilizado, por ejemplo, en instalaciones como “Jardín Privado” o “Las semillas de Ícaro”, así como en sus “mujeres pez” cautivas y en muchas otros trabajos escultóricos, como ocurre en su obra “Intimidad” o “El ajuar de Nora”. El uso de la transparencia como elemento aislante le sirve a la autora para jugar con la idea de preservación en el más amplio sentido de la palabra, poniendo a buen recaudo a estas frágiles figuras en una especie de mundo aparte, ajeno al espectador, pero que podemos observar al otro lado del cristal, aunque no podamos acceder a él y a todos sus enigmas.
En muchas de sus obras sobrevuela la idea de lo que debe ser preservado, pero también de lo que debe permanecer aislado, separado, enjaulado como un (extraño espécimen) o una especie de alien. Son seres diferentes a quien en cierto modo tememos pero que, al mismo tiempo, nos fascinan por su inquietante singularidad. Esto es lo que ocurre por ejemplo en su serie “Conservas” donde sus ojos-pierna, aparecen amontonados en tarros cerrados, como si fuesen ejemplares de fetos o cuerpos de especies exóticas, conservados en formol o en recipientes de cristal, que nos permiten contemplarlos al tiempo que los preservamos (disecados o momificados) en soluciones químicas o atmósferas especiales que permiten mantenerlos largo tiempo incorruptos e inalterados. En este caso, el ojo-pierna constituye una metáfora de la mirada que implica una acción, un movimiento: la mirada del extraño espécimen se proyecta hacia el exterior del cristal. Instituye una metáfora de la sinestesia donde se concitan dos extremidades sujetas a sentidos tan distintos como el de la vista y el tacto o, en este caso, a acciones orgánicas de tan distinta índole como la mirada y el movimiento. Ejemplos como éste, de ojos que miran sólo a través del cristal o de piernas condenadas a permanecer inmóviles dentro del contenedor, transmiten la idea fija de lo vulnerable o lo desvalido, que es una constante en su obra. Al mismo tiempo, esa preservación recurrente dentro de contenedores transparentes nos habla de lo que debe ser protegido, pero no tanto por su integridad física, sino, sobre todo, por su particular rareza, como ocurría en las “Cámaras de las maravillas” del siglo XVI, precursoras de los actuales museos.
Por otro lado, la preocupación por del paso del tiempo y su representación visual también va a cobrar una importancia capital en muchos de sus trabajos. De hecho, el factor temporal ha supuesto un elemento clave que la artista incorpora en sus obras como un recurso expresivo más. Así, mediante la participación de elementos vegetales, como flores que se marchitan, sus obras adquieren una dimensión inédita. Por ejemplo, en “Jardín Privado” la autora nos habla del intento inútil de preservación de la frescura, el olor o el color de las flores. Conservadas en bolsas de plástico envasadas al vacío y colgadas a modo de instalación en el espacio expositivo, esas flores van deshidratándose y muriendo sin remedio, a pesar del medio inocuo que la autora ha creado para ellas. Sin embargo, a través de su intervención espacial, creando una suerte de jardín artificial colgante, la autora les otorga a esas flores una nueva existencia, una nueva oportunidad donde el paso del tiempo les da un tipo de belleza diferente en su proceso paulatino de marchitamiento.
De igual modo, en su exposición titulada “La Espera”, Carmen González utiliza de nuevo flores frescas para introducirlas esta vez en vasijas y jarrones antropormórficos, de los que invariablemente surgen piernas femeninas. Así, en esta singular hibridación de seres, a caballo entre lo humano (la vasija de cerámica antropomorfizada) y lo vegetal, también se produce una suerte de dialéctica en torno a la idea de cambio y transformación. Al igual que en la instalación anterior, la presencia del tiempo juega aquí también un papel primordial. El factor temporal establece un diálogo singular entre lo duradero de cada pieza, es decir, lo que permanece intacto en cada uno de esos seres-florero (gracias a la forma y el material con el que está construida cada vasija) y lo perecedero (las flores que contiene) y que también forman parte intrínseca de su esencia. De esta forma, la autora no sólo nos habla en estas obras del tiempo interno de cada pieza, sino que también pone en tela de juicio la idea preconcebida y ampliamente arraigada de que toda obra de arte que se precie debe ser siempre duradera e inalterable para ser legada a la posteridad.
Por José Gómez Isla