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ficha

Bruno Marcos (San Sebastián, 1970)
Licenciado en Bellas Artes por la Universidadde Salamanca y asentado en León, autor de varias novelas y poemarios, ya
en sus primeros trabajos se percibe en Bruno Marcos (Vitoria, 1970) una concepción de lo artístico como dispositivo
crítico desde el que pensar los problemas de lo común: el espacio público, la ordenación del territorio, la relación entre el
urbanismo y el entorno natural, las políticas culturales de las administraciones y su impacto en el tejido artístico. La
inclinación teórica de su trabajo se pone de manifiesto desde los inicios de su trayectoria. En 1995 es becado por el
Ministerio de Cultura para la elaboración del ensayo Muerte del arte. Del discurso conceptual al discurso político, donde
esboza, con una prosa inteligente aunque aún inmadura, algunas de las ideas que posteriormente va a desarrollar en sus
proyectos.
Nos encontramos, así, ante un hecho poco común en el ámbito del arte contemporáneo español: un artista capaz de defender una poética personal, comprometido con la teorización del hecho artístico y dispuesto a construir una obra autoconsciente desde el punto de vista histórico, teórico y contextual.
Algunas de las líneas fuerza expuestas en Muerte del arte. Del discurso conceptual al discurso político (publicado en 1997) tenían un correlato práctico en trabajos coetáneos. En diciembre de 1996, Marcos interviene frente al edificio administrativo del Gobierno regional que se acababa de construir en León. Límites exploraba, precisamente, los límites de la escena. La intervención trataba de forzar una mirada crítica sobre el urbanismo y la arquitectura como manifestaciones o emanaciones del poder político, como modos de administrar y colonizar nuestra cotidianidad. Mediante la ocultación de ciertas partes del edificio con unas vallas de color negro, Marcos consiguió motivar una reestructuración de las economías de lo sensible: hacernos pensar qué se ve y por qué, qué sabemos de lo que podemos o nos dejan ver, cómo podríamos imaginar, a partir de una visualidad interrumpida, otra ordenación para aquello que nos incumbe como comunidad, etc. Interrupción de la representación, por tanto, como actualización consciente de las estrategias de crítica institucional derivadas de las experiencias conceptuales de los setenta. Señalamiento de la magnitud y perversidad de la representación —la arquitectura en la que reside el poder del Gobierno que se supone nos representa— para permitirnos pensar sobre ella como tal, como representación.
En esos años, a finales de los noventa, se gestaba en León un interesante ambiente artístico que, poco después y de manera abrupta, sería desplazado por la implantación de una gran infraestructura expositiva —el MUSAC, abierto al público en 2005—, que parece haber condenado al olvido a todo un conjunto de interesantes iniciativas cuya evolución fue interrumpida por muy diversas razones —la concentración en el nuevo museo de fondos públicos destinados a cultura, la pérdida de visibilidad de espacios más humildes en favor de un proyecto que monopolizaba la gestión de la cultura contemporánea, o, simplemente, el efecto epatante y desactivador de una institución en la que algunos gestores y artistas depositaron todas las esperanzas de crecimiento y consolidación para el tejido local—. Marcos participó de algunas de aquellas iniciativas —Acción pública, El espacio inventado, El hall transformado, etc.—, gran parte de las cuales fueron dinamizadas por Javier Hernando, catedrático de Historia del arte enla Universidad de León, y Carlos dela Varga, propietario de la galería, ya desaparecida, Tráfico de arte.
Marcos abrió el ciclo de intervenciones El espacio inventado en la Plaza Torres de Omaña (León, 1997) con la obra Emparedar a un hombre-Mando que me empareden. Seis cubículos de ladrillo construidos in situ en torno a seis personas que quedan encerradas —emparedadas— y cuyas presencias sólo se atisban desde el exterior a través de dos aberturas por las que asoman sus manos. La acción-intervención, íntimamente relacionada con algunas de sus naumanianas vídeoperformances —Conductor, 1995; Habla, 1996; Existo, 1997— propone una ocupación crítica del espacio urbano mediante seis estructuras minimal que ponen en escena los problemas del hombre alienado, cosificado, aislado, incapaz de relacionarse con otros sujetos o con su entorno. Al mismo tiempo, el artista se presenta como un ser atrapado, que, clausuradas las utopías de emancipación colectiva, ya no puede modificar nada, oculto tras el juego formal —de ahí la cita al minimalismo en general y a Morris en particular— al que parece reducirse su actividad en un entorno físico e institucional cada vez más hostil.
Sólo un año después, Bruno Marcos trabajó en otro interesante espacio —La Fábrica, Abarca de Campos, Palencia— cuya actividad también se vio interrumpida por problemas de financiación. Mi casa (1998) es una estructura en forma de casita, volumen limpio y rotundo habitado por un árbol que crece en su interior y del que, desde el exterior, sólo pueden percibirse algunas ramas que asoman por una claraboya abierta en el techo. La naturaleza invade una casa abandonada, una ruina minimalista que ya no será habitada nunca más. O, desde otro punto de vista, la cultura aprisiona la vida natural que sólo podrá crecer en los escasos espacios que el desarrollo urbano disponga con tal fin. Todo ello en un entorno paisajístico casi estepario —Tierra de Campos— en el que la hostilidad del paisaje está en gran medida producida por la actividad agrícola de su habitantes. Como escribió Fernando Castro Flórez, “esa casa nos obliga a situarnos en el exterior, pero alejados del pintoresquismo o de la poética terminal de los sublime para preguntarnos por la forma en la que podemos habitar un mundo que es a partes iguales, basurero, cementerio y narcosis electrónica”[1].
El abordaje crítico de las siempre problemáticas relaciones entre naturaleza y cultura, entre desarrollo urbano y la vida de los sujetos que habitan el territorio, ha continuado vertebrando la obra más reciente de Marcos. Zona Solar (2005) es un trabajo para el Proyecto Calle del Ayuntamiento de Peralta (Navarra). Su solar es convierte en un  “sumidero simbólico” en el que un árbol crecerá anclado con cinchas a los edificios circundantes, de modo que su desarrollo se vea alterado por los cambios en el urbanismo del barrio. Se produce así una tensión irresoluble entre la naturaleza como promesa y la cultura como ruina —algo que ya estaba presente en trabajos anteriores como el Bosque metálico, proyectado para El apeadero en 1997[2]—. La obra trata de articular una visión crítica sobre el espacio de lo común generando interferencias en los lugares marginales a la espera de una futura e inevitable urbanización. Señalar y visibilizar el conflicto y, tal vez, suturar las heridas producidas en la superficie de la ciudad, entendida como un palimpsesto sobre el que reescribir otros modos de hacer y otras formas de vivir[3].
El “desencanto” producido por la evolución de las dinámicas artísticas e institucionales motivó en el artista una especie de retirada crítica, un viraje decisivo en el trabajo de Marcos, que parece perder interés en la formalización de proyectos artísticos al tiempo que concentra sus energías en la escritura y la crítica institucional. Las reflexiones en torno a la insatisfacción inherente al acto creativo, la desazón que produce en el occidental medio la imposibilidad de dar un sentido a su vida y la incapacidad para tramar un relato vital coherente sobre el que dibujar una identidad mínimamente autoconsciente habían centrado su actividad performativa e instalativa —trabajos escultóricos e instalativos que pudieron verse en exposiciones individuales como Identidad y transparencia (Tráfico de Arte, León, 1997) y He cumplido con la vanguardia de mi generación (Tráfico de Arte, León, 1999)—. En fechas más recientes, esas cuestiones se han proyectado sobre la escritura de diarios —surgidos de sendas bitácoras— como NevermoreSuite Voltaire y blogs como e-norte o Los onirocríticos en los que Marcos, siempre a medio camino entre el ensayo y la narrativa, se adentra en el territorio de una sociología crítica del arte y la cultura que parece surgir de la colisión entre un impulso autobiográfico —la necesidad de volver sobre sí la reflexión estética para descubrir el papel del sujeto artista en el proceso de articulación de los discursos— y una renuncia ética y estética a devenir cómplice de los mismos mecanismos de poder contra los que el autor trata de posicionarse.
Por Juan Albarrán

Web
http://www.brunomarcos.com/
http://www.losonirocriticos.com/

Bibliografía
HERNANDO CARRASCO, Javier: “El muro esponjoso”, en Límites. Bruno Marcos Carcedo, León, AC Arte y Tiempo, 1996.
MARCOS CARCEDO, Bruno: Muerte del arte. Del discurso conceptual al discurso político, León, Junta de Castilla y León, 1997.
— “Fuga a la invisibilidad”, Territorio Público. Revista del centro de operaciones Land Art El Apeadero, nº 0, 2002.
Nevermore, León, Universidad de León, 2007.
Suite Voltaire, León, Junta de Castilla y León, 2009.
VV.AA.: Bruno Marcos, León, Tráfico de Arte, Junta de Castilla y León, 1997.
VV.AA.: Bruno Marcos. El Espacio Inventado 1., León, Tráfico de Arte, 1997.
VV.AA.: Más allá del museo. Bruno Marcos, León, El Apeadero,La Fábrica, Junta de Castilla y León, 1998.
VV.AA.: Bruno Marcos. He cumplido con la vanguardia de mi generación, León, Tráfico de Arte, 1999.
VV.AA.: Entre milenios, Astorga, Ayuntamiento de Astorga, 1999.
VV.AA.: Excentrici(u)dades, León, Ayuntamiento de León, 2003.
VV.AA.: Proyecto Calle, Peralta, Ayuntamiento de Peralta, Gobierno de Navarra, 2005.

[1] CASTRO FLÓREZ, Fernando: “Una bota sobre lo inhóspito de Bruno Marcos”, en VV.AA.: Más allá del museo. Bruno Marcos, León, El Apeadero,La Fábrica, Junta de Castilla y León, 1998.
[2] MARCOS, Bruno: “Fuga a la invisibilidad”, Territorio Público. Revista del centro de operaciones Land Art El Apeadero, nº 0, 2002.
[3] MARCOS, Bruno: “Zona/Solar”, en VV.AA.: Proyecto Calle, Peralta, Ayuntamiento de Peralta, Gobierno de Navarra, 2005, pp. 54-55.