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ficha

(Segovia, 1970)
Vibraciones (2002), Sismógrafo (2004), Experimento ¿se pueden romper cristales con la voz? (2005),
Combustión espontánea (2006). Al igual que en otros proyectos –Mecánica orgánica (2003), Mecánica
Plástica y Mecánica aleatoria, ambas de 2002-, y  al menos en su enunciado, hay un elemento común a
buena parte de la producción de Lola Marazuela: las referencias a la ciencia y, de modo más concreto,
la física. No son las suyas, en todo caso, obras en las que intente poner en evidencia la validez universal,
ni siquiera poética, de teorías y modelos científicos.
En cierto modo, estas referencias no son más que una primera excusa para confrontar un supuesto orden natural, de presumible reducción objetiva, con el carácter paradójicamente determinante del azar, uno de los aspectos que, en última instancia, junto con la idea de lo imprevisto, constituye uno de los pilares de toda su trayectoria, si bien desvelado o puesto en evidencia como conclusión a un proceso que, a modo de experimento, nace en origen con la voluntad de demostrar otro orden de enunciado.
Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, y Master en Estética y Teoría de las Artes por la Universidad Autónoma de Madrid, la fotografía, el video y la performance constituyen los tres campos formales en que ha desarrollado su carrera. Con Vibraciones (2002) inicia un proyecto videográfico, que seguirá desarrollando en el tiempo –Combustión espontánea, 2006- que podríamos situar a medio camino entre el collage y la experimentación con el montaje. La obra se compone de un centenar y medio de microvideos de hasta 15 segundos de duración; cada una de estas unidades captan pequeños momentos y detalles de una cotidianeidad que rodea a la artista, o a cualquier de nosotros: bodegones domésticos, rincones y paisajes urbanos, actos ordinarios relacionados con las rutinas diarias, sonidos habituales en que reconocemos espacios inmediatos. No obstante, la sensación que procura la imagen aislada de cada uno de los fragmentos, y la sucesión de tanta realidad creíble en su inmediatez y banalidad termina convirtiéndose en una experiencia próxima a la rareza del sueño, incluso de la pesadilla. Las imágenes que nos ofrecen los montajes de Marazuela no se aproximan conscientemente a la esfera de lo inquietante o de lo siniestro, pero sí que generan una suerte de desazón ante la sospecha de que todo lo que nos rodea encierra significados inopinados y abre puertas a otras lecturas que instalan en nuestra percepción de las cosas la idea de inestabilidad. Esta dirección es la que apuntan otros proyectos fotográficos desarrollados al comienzo de su carrera u otros como Ciminiere (2003), llevado a cabo durante una prolongada estancia en Italia, donde presentó varias individuales a lo largo de ese mismo año.
Pese a lo que pudiera aparentar a primera vista, Marazuela huye de propuestas opacas; al contrario, su trabajo inviste a su  propuesta de realidad con una condición transparente en su modo de mostrarse en su latente multiplicidad ante cada uno de nosotros, agentes últimos que operamos a partir de ella mediante prejuicios, proyecciones o condicionantes. Esta idea de la transparencia ha encontrado en su obra un aliado de primer orden en el cristal, protagonista de proyectos como Fenómeno del éxtasis (2004), Sismógrafo o Experimento ¿se pueden romper cristales con la voz?. La fragilidad inherente al vidrio se ve subrayada hasta lo dramático por la inestabilidad que caracteriza los modos en que presenta y dispone diferentes objetos de esa materia. En las dos últimas, obras de carácter preformativo, destaca la visión de una mesa sobre la que se exhiben múltiples y ordenadas acumulaciones de objetos de cristal, simulando torres. En aquella, un vídeo, alterna dos situaciones; en una las ordenadas acumulaciones aparecen sobre una lavadora en funcionamiento, en otra navegan por una corriente de agua sobre objetos flotantes. En Sismógrafo, un monitor de televisor con una imagen fija extraída de la película de Hitchcock Marnie la ladrona, en la que se ve a su protagonista gritando; en Experimento…, la grabación de varios cantantes emitiendo notas aguadas ante las torres de cristal son aspectos que inciden en un carácter escénico y dramático que no debería obviar lo que, en todo caso, resulta evidente a primera vista: el fuera de lugar, la descontextualización si se quiere, de las estructuras que ocasionan la reacción o la acción como síntomas de aquella noción de lo imprevisto apuntada anteriormente. El hecho de acumular piezas y objetos de cristal genera una estructura que abre las puertas a una extraña pluralidad de sentidos: desde un plano inmediato, una construcción de este orden, lejos de fortalecer las relaciones entre los diferentes componentes, reduce drásticamente sus posibilidades de supervivencia, una característica opuesta a las relaciones entre imágenes que establece el montaje. La inestabilidad no procede de la condición del objeto, el vidrio en este caso, sino de su articulación con otros objetos de naturaleza próxima. La sutileza de una vibración, el lento discurrir sobre un fluido próximo o la adecuada entonación de una melodía se convierten en amenazas que no obstante, sólo el azar determinará finalmente si avocan a las estructuras creadas a una destrucción –de la que no queda desterrado un componente estético relacionado con el desorden y el caos- que sólo puede ser en cadena, afectando al conjunto de los elementos asociados. Pero, a su vez, más allá de las condiciones materiales o físicas que generan una inmediata incertidumbre, las acumulaciones de cristal se fortalecen a partir de la aleatoriedad de las asociaciones a que se abren, y de las que la propia Marazuela ha dado buena cuenta: un circo chino, un sistema nervioso, un ejercicio escultórico, un monumento al amor loco, un formación mineral, una escena del Bosco, un paisaje entrópico, un andamio, un pensamiento, una cascada. El cristal cumple, entonces, un doble papel, al ser superficie por la que podemos mirar más allá, pero, a su vez, se convierte en espejo de nuestras propias proyecciones, no siempre seguras, y si generalmente preñadas de incertidumbres y aleatoriedad, como la espera del sismógrafo o el fenómeno entre la leyenda y el misterio de la combustión espontánea.
Lo simbólico y lo paradójico que puede asociarse a estos proyectos se continúa, en otras claves y formas, en el proyecto que desarrolla desde el año 2007 con Paco Mesa, y que, con diversos nombres, tiene como objetivo dar la vuelta al mundo siguiendo uno de los paralelos terrestres. La idea del experimento y la objetividad de raíz científica preside la primera parte del trabajo: el proyecto consiste, sintéticamente en ajustarse a la linealidad de la abstracción geográfica –seguir la línea recta del paralelo 45ª 25’- y documentarla mediante jalones espaciados de 100 en 100 kilómetros, que se identifican mediante la fotografía de una placa metálica y las coordenadas leídas mediante GPS. Este primer, y único condicionante, queda relegado a un segundo plano cuando adquiere protagonismo lo imprevisto y lo fortuito, convocados al llegar al lugar. Allí, la experiencia del viaje queda marcada, nuevamente, por la aleatoriedad y el azar con que se va construyendo un ingente archivo fotográfico armado a partir de lo encontrado, no de lo buscado, con el que construyen un panorama de lo múltiple y lo diverso, que niega la posibilidad a lo imperecedero y lo dogmático.
Por Ángel Gutiérrez