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EL APEADERO (CENTRO DE OPERACIONES LAND ART EL APEADERO)
El Centro de Operaciones Land Art El Apeadero nace en las inmediaciones de la localidad
leonesa de Bercianos del Real Camino en 1998, por iniciativa del crítico, comisario y Catedrático
de la Universidad de León, Javier Hernando, y de Carlos de la Varga, por entonces director de la
galería Tráfico de Arte, también de León. El proyecto ancla su identidad en la estrecha vinculación
que establece con el territorio leonés en que se inserta, y que puede caracterizarse tanto por la
pervivencia de una fuerte personalidad visual y sistémica en términos de un paisaje que, aunque
muy transformado, mantiene activa y viva su dimensión cultural, como por la existencia de una densa
red de conexiones históricas, con el Camino de Santiago a la cabeza, que han permitido un tránsito
constructivo y positivo de gentes a lo largo de la historia.
La dualidad entre paisaje cultural y natural, y la necesidad de evaluar la operatividad en claves de sostenibilidad de una propuesta plástica con vocación de continuidad en el tiempo cierran los puntos cardinales primarios de la iniciativa.
Actuar sobre y a partir del territorio y sus componentes, siguiendo las premisas conceptuales de las prácticas del Land Art, era la premisa que animó a una serie de artistas, de trayectorias y propuestas diversas, las primeras de las cuales tuvieron lugar el mismo año de la puesta en marcha de la iniciativa. Atrapar del paisaje, de Juárez & Palmero, y Bosque metálico y Mi casa, ambas de Bruno Marcos, marcaron desde el inicio dos ámbitos que terminarían convirtiéndose en recurrentes. De un lado, el ferrocarril, un factor de transformación histórica, en cierto modo absorbido por el propio territorio tras el destierro de lo moderno al que la propia modernidad lo ha terminado remitiendo –hay que señalar que el nombre del proyecto responde al reciclaje de una antigua infraestructura ferroviaria-; de otro, el bosque, empleado, tanto en esta como en propuestas posteriores, en clave metafórica que desplaza su significado y su simbolismo hacia el devenir histórico del hombre. La velocidad y la múltiple fragmentación derivadas de la fotografía y el paso fugaz del ferrocarril, paradójicas a priori en el entorno de Bercianos, permitieron la reelaboración colectiva del paisaje a partir de múltiples fotografías simultáneas. El carácter efímero del proyecto de Juárez y Palmero se vio contrarrestado por una apuesta sujeta al lento fluir del tiempo implícita en el proyecto de anillado de árboles que llevó a cabo Bruno Marcos, huellas y heridas que adquieren, a su vez, una lectura en clave humana. Otra dimensión de la memoria fue la activada por Antonio Segura en 1999 en La vie du rail, una nueva propuesta que toma como referencia el ferrocarril, ahora leído como metáfora de la vida como recorrido. Ese mismo año, Nilo Gallego, en colaboración con un pastor, Felipe Quintana, desarrolla la acción sonora Felipe vuelve a casa con sus ovejas sonando, por la que la cotidianeidad de la inserción del ganado en el paisaje y la cultura se ve alterada, pero sin ánimo de permanencia, por la intensificación del sonido de los cencerros de las reses; el uso de los elementos que se inscriben en el paisaje fueron, igualmente, la materia de las acciones que entre 2000 y 2001 lleva a cabo Carlos de Gredos: El futuro siempre regresa al punto de partida, Antes de cero y La esperanza acompaña al viento. En la primera, metamorfosea en objeto poético y simbólico la ruina dejada por un antiguo palomar, otra de las señas paisajísticas del entorno; en las otras dos, hará uso de cipreses para activar sendas metáforas en torno al crecimiento, la progresión y el paso del tiempo en las inmediaciones de un Camino de Santiago que servirá de referencia inicial a los proyectos desarrollados por Virginia Calvo (Bosque de Ninfas y Driades, Náyades, las dos de 2002) e Iradia Cano (Nómadas) En las propuestas de ambas destaca la inserción de universos mitológicos, clásico en las primeras, pakistaní en la segunda. Protección y refugio, pero también la idea del tránsito y el nomadismo alimentan las referencias al movimiento y al viaje, a un desplazamiento que se hace universal en el juego de correspondencias entre códigos inicialmente dispares y alejados que ponen en consonancia las propuestas escultóricas de ambas.
Diversos modos de rito se encuentran tras las propuestas de Kiyoshi Yamaoka (De la tierra a Dios, 2001) y Begoña Pérez Rivera (Del cambio de color al intercambio de tierras, 2002). El primero hace del humo derivado de la cremación de la imagen de un edificio religioso japonés un enlace entre cielo y tierra. Las cenizas servirán para que brote anualmente centeno que servirá de base a cremaciones que ritualmente se repetirán año tras año coincidiendo con su germinación. Un mecanismo de intercambio y de devolución que se muestra en otros términos en la permuta de tierra entre dos enclaves del Camino de Santiago –Bercianos y Cacabelos, punto de origen de los fundadores medievales de la primera-, tierras de diferente textura y color que el tiempo terminará por homogeneizar e integrar, claves de un modo orgánico de conexión última que, en cierto modo, subyace como  idea central en Arco, un pórtico que Carlos Álvarez Cuenllas erige en 2003 no tanto para dar entrada o salida a nada ni a nadie, sino para señalar que todo camino no es sino la sucesión de hitos que tal vez lo completen. Idea de proceso en constante desarrollo, de suma de acciones y actitudes, que bien podría figurar como clave conceptual para un proyecto múltiple como El Apeadero que, en última instancia, sus creadores articularon en torno a la idea y la acción de marchar, caminar, avanzar.
Por Ángel Gutiérrez Valero