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ficha

(Valladolid, 1951)
La trayectoria artística de Fernando Sánchez Calderón es la manifestación
del tesón por dominar las posibilidades de la pintura para elevarla a un
estadio de máxima esencialidad, de progresiva eliminación de lo superfluo,
hasta convertirla en un fin y no en un medio. Las distintas exposiciones
individuales de carácter antológico que jalonan su currículo así lo atestiguan:
Solo pintura (Casa de la Cultura, Zamora, 1984), Edad (Museo San Telmo de San Sebastián, 1991), Memoria 1992-1997 (distintas ciudades de Castilla y León, 1997) y Nombre propio (Galería Marisa Miramón, Orense, 1999). Se licenció en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid (1970-1975); sin embargo, antes de acabar sus estudios ganó el Premio Nacional de Pintura de Valladolid (ahora Premio Caja España de Pintura) en 1973 y al año siguiente tuvo su primera exposición individual en la galería Stadium de Valladolid. Desarrollaba una pintura figurativa que dejaba entrever un amplio bagaje cuyos límites la crítica ha situado en Matisse y Motherwell. En 1977 fue seleccionado para participar en la XIV Bienal Internacional de Arte de Sao Paolo y a raíz de tal evento fundó el grupo Bienal junto a Rafael, Baxeiras, Luis Cruz Hernández, Óscar Benedí, Fernando Bermejo, Domiciano y Mon Montoya, el cual estuvo activo entre 1979 y 1981. Para entonces su trabajo entroncaba con la corriente de recuperación de la pintura: de voluntad lírica, de exaltación del color, del empleo de grandes formatos, etc. De ese momento es su tríptico Naturaleza exterior (1981), el cual ilustra su decantación por una pintura gestual que apura los límites del lienzo y por la explosión del color.
Sánchez Calderón asumió la práctica pictórica como el lugar en el que se aúnan color y composición. En la pintura que realizó a lo largo de la década de los ochenta cobró gran importancia su manera de arrastrar la pintura creando bandas que hacían visible la huella del pincel; también logró definir espacios sin referencias arquitectónicas en los que los objetos aparecían suspendidos. Ambos logros son los que caracterizan su serie Desayunos, de la que forman parte el díptico At home, Desayuno en la habitación rosa, Desayuno en la terraza, y también Desnudo azul (en la habitación verde), Tres martinis y El matini de la sordidez, todos de 1986.
Su preocupación por el espacio y su voluntad de convertir cualquier excusa formal en entidad pictórica lo ejemplifican los lienzos Pintura con macetas (1986), Bowling (1987), Brown (1988) o Interior en Delft (1988), y los dibujos Vajilla inclinada (1987), Dark (1988), donde plantas, bolos y vasos flotan en el espacio atendiendo a una disposición más o menos jerárquica y ayudan a definirlo. Estas obras, además, evidencian el tratamiento escultórico de aquellos objetos pintados y su despliegue formal en el espacio, como se advierte en los lienzos Escultura (1988) y Estudio de un escultor (1988), donde unas estructuras cuadrangulares se proyectan en el espacio de la pintura. Además, su pintura se enriqueció a finales de la década con la introducción de palabras, frases y números (Cuadro con números, 1988; Marrón año 1989, 1989). El trabajo plástico de Sánchez Calderón se complementa por sus numerosas reflexiones escritas, a medio camino entre la confesión y la descripción, sobre su pintura o sobre sus proyectos. Muchas de estas fueron recogidas en el catálogo de su exposición Edad y ahí podía leerse: “12 enero 1987. Hoy he vuelto a creer en la importancia del pretexto, de cualquier cosa que nos permita entrar sin demasiado pudor en la pintura. Una palabra: albaricoque, incontinencia. Una imagen. Poco importa que esto pueda o no racionalizarse”. Las obsesiones de su taller y de su trabajo no sólo quedan constatadas en esos comentarios con vocación estética, también en las numerosas fotografías que ha tomado de su mesa de trabajo y de distintos rincones de su estudio, erigidas en los testimonios que muestran detalles de paredes con palabras manuscritas, la acumulación de recortes, cuadernos y material de pintor, así como sus múltiples autorretratos.
En su pintura, el cambio de década conllevó la eliminación de motivos para concentrarse exclusivamente en el color: actualizó su gusto por arrastrar el color en el lienzo o en el papel y así explorar sus cualidades matéricas y combinatorias (transparencia/superposición). En sus nuevos trabajos es el color quien fragmenta el espacio. Así, con sus lienzos Bloque sobre tapizado vertical, Sears, Salve Regina Celeste, todas de 1990, paulatinamente se aproximaba a la simplicidad compositiva de los motivos geométricos y a los detalles de zócalos, escudos y suelos florentinos y venecianos que había fotografiado en 1990. De este modo la forma geométrica devino el motivo de su pintura: J. B (Jonathan Brown), Sobre tabla, Plaza-hotel N.Y, Pintura de Academia, Refugio de montaña, todos de 1992.
Enseguida, una drástica simplificación de la paleta a blancos y negros y el desarrollo de redes de tramas abiertas dejaban entrever la lección de Piet Mondrian: la pintura trascendía la naturaleza al sintetizar su referencia. Las obras Tablero de dibujo (Primera academia), Encolado sobre tabla, De lo efímero, Sobre el dibujo, Tablero fragmentado, fechadas en 1994 y que pudieron verse en la exposición Memoria 1992-1997, respondían a ese principio de esencialidad. Lo mismo se aprecia en su serie Cuerpo místico (1996). El desarrollo infinito de tales entramados dio lugar a Rosa ordenada (1996), Paisaje con celosía (1997) y Dibujo primero (1997). Las formas rectangulares e irregulares, ya estuvieran pintadas, ya se debieran a recortes de tela encolada o a la incisión dejada por el grafito sobre el lienzo, se mantienen durante los años siguientes, como se comprueba en Sombra inacabada y Paisaje blanco reducido, ambas de 1997. En esas obras, Sánchez Calderón se proponía configurar y definir el espacio y afirmaba su “devoción por el dibujo como soporte diferenciado y no como mera herramienta”; si con las tramas estructuraba y fraccionaba el espacio no euclidiano que definía su pintura, cuando se servía de círculos lo ocupaba (Orden decorativo y Negro y oro, de 1994). Además, se le ofreció la posibilidad de convertir en escultura esta pintura de retículas y formas circulares que remiten a perforaciones: Encadenados, El efecto del viento, Puerta del bosque, todas de 1996 y realizadas en hormigón las dos primeras y acero la tercera, las cuales supusieron su primera obra pública.
Desde esta nueva cota y hasta 1999, año de los últimos trabajos ahora cotejados, la variante experimental se ha convertido en la directriz de su pintura, mientras que las nociones de orden y equilibrio compositivo y cromático reafirman su lugar privilegiado en el discurso pictórico de Sánchez Calderón. Esa voluntad investigadora se pone de manifiesto en su serie de primasmacolor, como De los colores (sabor a nada) y en obras como Nevada (1997) y Hotel Humbolt (1997), donde sobre extensos planos de color surgen figuras geométricas rectangulares en el centro o en los márgenes del lienzo. Finalmente, la geometría ha dejado paso a la pintura pura, fin último de su trabajo, como ilustran Frutas confitadas, Helado en flor y Racimo verde, de 1999, que forman parte de la serie Portales de Roma.
Rocío Robles Tardío