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Suspensiones Psíquicas. 1999. Galería Cornión
Por Javier Hernando Carrasco
En 1987 el artista de origen chipriota Sterlac ejecutó una performance: Remote Control Suspesión, en la que su cuerpo
aparecía suspendido en el aire mediante anzuelos prendidos en su piel que se alzabán hasta una grúa que el propio artista
dirigía con un mando a distancia y que le permitía moverse en el espacio. Sterlac pertenece a ese ámbito de artistas que
desde los años sesenta vienen explorando los límites de resistencia del dolor a través de acciones extremas que por una
parte conectan con ciertas prácticas históricas de orden primitivista y religioso bajo la pretensión de reivindicar
comportamientos heterodoxos, cercanos por ejemplo al sadomasoquismo, anatematizados por la moral oficial; en este
sentido acciones como la citada no esconden su condición abiertamente política.
La reciente serie de Amancio González presentada bajo el enunciado de Figuras suspendidas me ha conducido de inmediato, más por su título que por su formalización, a la performance citada.
Porque estas figuras, de poderosa fisonomía y elemental definición corporal y sobre todo facial como en él es habitual, se hallan en efecto suspendidas, aunque dicho estado más bien parece fruto de posiciones de castigo aplicadas al sujeto contra su voluntad que de un ritual voluntario, o por decirlo con otras palabras estas figuras parecen estar más bien sometidas a diferentes estados de tortura. Imágenes de la crueldad humana que lejos de pertenecer a fases que creíamos desaparecidas no hacen sino reproducirse por doquier a las puertas del nuevo milenio. Hay una perversa recreación compositiva por la que a estos personajes no sólo se les humilla a través de tan inhumanos castigos, sino que además son utilizados como elementos materiales de formación plástica. Así la figura adaptada a ese marco cuadrangular que además sostiene con su propio cuerpo, sería en caso de no contenerla una exploración de los valores espaciales definidos por la estructura, así como de la expresividad de la madera. Pero su conversación en ese acurrucado atlante le insufla dramatismo y le sitúa en los márgenes humanos.
Sin embargo las suspensiones que aquí se nos presentan serían, de ejecutarse, más dolorosas que la de Sterlac en todos los casos, aunque en realidad son imposibles. Por tanto estas atormentadas figuras adquieren un sentido plenamente metafórico y su tormento se vuelve mental. Un ensimismamiento generalizado las domina; el artista lo refleja con estas actitudes pasivas, incluso serenas, ajenas a todo cuanto pueda suceder a su alrededor. A pesar de su elementalidad con la que está trazada su arquitectura corporal, a pesar de la escasa mostración de su fisonomía, expelen un inequívoco sentido de tristeza.
Su condición de prisioneras viene dada por su fusión con la madera. En realidad estos cuerpos no son sino una prolongación de los soportes que los atenaza, como si su entidad corpórea dependiese de ellos. Las figuras se convierten por tanto en cuerpos supeditados a la materia, de la que proceden y a la que sustentan en un inacabado despegue. Esta materia metafórica, estos pesados fragmentos leñosos pegados a distintas partes de la figura vendrían a ser por tanto los resquicios psíquicos de los que el sujeto es incapaz de desasirse. El rostro, los pies, la espalda, el vientre, son otros tantos espacios corporales a los que se halla sujeto y que niegan su plena integridad física y mental.
Cuerpos atenazados por los enormes desequilibrios mentales, por las disfunciones generadas a lo largo de una trayectoria vital: el rostro, que es el lugar donde se exteriorizan los sentimientos, la inteligencia, queda cegado en una de estas composiciones, obligado a sostener/dirigir su mirada a esa masa que representa al propio interior del sujeto; los pies, siempre plantados en las superficies disimuladamente agresivas; el vientre literalmente clavado en ese poderoso soporte; los glúteos, la espalda son también fragmentos corporales que soportan las pesadas losas de la mente. Como siempre en Amancio González estas figuras muestran una condición hercúlea que su actitud y en este caso su situación desmienten.
Poderosas formas musculosas para un interior debilitado, abandonado a lo que parece ser un desolado e implacable destino. El cuerpo y la mente no siempre mantienen un estado en consonancia. El viejo aforismo que los vincula en recíproca relación de salud no es en la mayor parte de los casos sino una quimera, pues suelen dominar las disfunciones. En nuestra órbita contemporánea especialmente, cada vez son más los individuos incapaces de recepcionar una mente equilibrada en un cuerpo sano; cada día se incrementa en número de quienes arrastran una mente maltrecha. Estas figurillas, una especie de bibelots posmodernos, encarnan la pesadez interior del sujeto, cegado, atado a sus propias limitaciones psíquicas. No es de extrañar a este respecto que quede literalmente suspendido por ellas, eclipsado su dinamismo vital; un eclipsamiento que transforma su personalidad hasta anularla, hasta convertirle en un ser agotado cuya única opción es autocontemplarse, regodearse en su propio vaciamiento, en la pesada carga que le devora. Suspensiones físicas que son psíquicas, tensiones corporales que reflejan el desquiciamiento interior, torturas mentales.